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Usted está invitado a una boda…  Donde un amante misterioso cumple una fantasía secreta, y encuentra su propio sueño hecho realidad.  Donde una mujer decepcionada encuentra el verdadero amor, en el más improbable de los lugares.  Donde la novia y el novio tienen dudas, pero descubren un feliz para siempre que va más allá de sus sueños salvajes.

El compromiso de Jessica y Ryan parece el de una pareja hecha en el cielo y su boda en una isla un sueño hecho realidad. Pero, ¿el deseo de Jess de una boda perfecta, y el estrés de todo lo que sale mal, podrá separarlos? ¿O puede la determinación de Ryan para casarse con la mujer que ama salvar el día?

The Wedding #3

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L

a calle fuera del apartamento que Jess y Ryan compartían estaba tan silenciosa que Jess sabía, sin tener que abrir los ojos, que tenía que ser temprano. Se demoró al borde del sueño, contenta y cálida. Ryan la abrazaba desde atrás, su calor y fuerza envolviendo su espalda, su brazo sobre su cintura, su aliento en su hombro. Él todavía estaba profundamente dormido y ella no quería despertarlo. Era domingo y no tenían que ir a ningún lado, no tenían nada que hacer. Jess se acomodó más profundamente en su almohada. No había ningún otro lugar en el que quisiera estar. Ryan le había propuesto matrimonio y ella había aceptado y todo iba a ser perfecto desde aquí hasta la eternidad. Era como un cuento de hadas, dos personas de mundos diferentes, un encuentro casual, un intenso romance. Y ahora felices para siempre. Jess sonrió, recordando la pasión con la que habían hecho el amor la noche anterior, y bueno, por la madrugada. Ryan se merecía su descanso, pero tal vez luego… Sus labios tocaron el hombro de Jess en un lento beso y su mano se movió hasta su cintura. Ella sintió su erección contra su trasero y comenzó a darse la vuelta hacia él. —Buenos días. —Lo es —accedió, su voz áspera y profunda, como tendía a ser por la mañana. Sus ojos brillando con una familiar malicia y su corazón se apretó con amor. Se iba a despertar así todos los días por el resto de su vida. Jess no podía creer su suerte. Pero bueno, Ryan siempre había sido aquel que le hacía darse cuenta de cuán afortunada era. Su mano se alzó para acunar su pecho, y él acarició su pezón. —Hueles tan bien por la mañana —murmuró, besando su cuello, acariciándola. Jess rio. —Huelo como si hubiera tenido un montón de sexo anoche.

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—¿Y cómo puede no ser un buen olor cuando lo tuviste conmigo? —Él lamió el lóbulo de su oreja, haciéndole cosquillas y Jess se puso de espaldas a su lado. Ella pasó sus dedos a través de su cabello oscuro, sintiéndose sexy por la forma en que la miraba—. Me gusta el olor de tu piel, y tu perfume. —¿Aquél que me compraste? Él asintió. —Pero el modo en que se mezcla con tu aroma hace que sea todo tuyo. Podría encontrarte en cualquier lugar. En la oscuridad. —Él se inclinó y tomó su pezón en su boca, chupó hasta que estuvo tenso, y luego movió su lengua a través de este. Jess suspiró satisfecha incluso mientras se ponía más excitada. Su mano se deslizó por su vientre y entre sus muslos, la punta de su dedo encontrando su clítoris con una familiar facilidad. Ella contuvo la respiración y se encontró con su mirada chispeante a medida que sonreía— . También me gusta como huele esto —murmuró—. Y cómo sabe. Él se movió con una velocidad sorprendente, bajando su cabeza entre sus muslos y cerrando su boca sobre ella. Jess jadeó de placer cuando empezó a devorarla. Siempre lo hacía muy despacio, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, y sabía que esa pausada velocidad la hacía llegar más fuerte. Sintió su sexo hincharse y separó las piernas para darle un mejor acceso. Apartó las sábanas y arqueó su espalda, gimiendo a medida que él la atormentaba, sin preocuparse si sus vecinos los oían o no. Jess se entregó al placer, un rincón de su mente trazando una erótica venganza. Ella se lo haría en la ducha. Él amaba eso. Lo acorralaría en la esquina y caería sobre sus rodillas, el agua vertiéndose por encima de ellos mientras ella lo dejaba seco. Entonces tal vez lo harían en la cocina. La tostada se había quemado la última vez, pero podía quemarse de nuevo en lo que se refería a Jess. Estaba exquisitamente feliz. Ryan y ella se iban a casar. Iban a hacer el amor así por el resto de sus vidas. Todo sería perfecto.

Cuatro meses más tarde, el despertador sonó estridente, haciendo a Jess saltar.

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Por un momento, estuvo desorientada porque la habitación estaba demasiado oscura. Tenía que ser media noche. Entonces recordó el vuelo chárter que tenían que tomar. Ryan y ella volarían hacia el sur a un complejo para casarse, con todos sus seres más queridos alrededor para presenciarlo. Había sentido que este día nunca iba a llegar. Sin embargo, allí estaba y aún tenía cosas por hacer. Una boda en una playa lejana estaba resultando ser complicada y estresante. Pero en dos semanas, Ryan y ella estarían de vuelta en su cama, como marido y mujer. Esa sería la recompensa. Toda la ansiedad y los arreglos quedarían atrás. Esperaba que valiera la pena. Como consultora de bodas, Jess había planeado un millar de bodas con éxito. La suya tenía que ser la mejor de la mejor, la culminación de sus propios sueños, y se había propuesto que fuera así. El comentario inocente de Ryan de su propia boda siendo un gran marketing para su negocio había sido brillante. Incluso cuando había enviado los comunicados de prensa, Jess no había imaginado la cobertura que conseguiría. Tener un reportero de alta sociedad de un blog semanal hablando sobre las próximas ceremonias había sido estresante, ¿cómo se las arregló esa mujer para descubrir cada pequeña cosa que no estaba funcionando a la perfección? Jess no podía esperar para dejar todo detrás de ella, para tener a Ryan como su marido, para volver a algo similar a la vida normal. Se inclinó sobre el colchón para despertarlo, él podía dormir con el sonido de cualquier alarma o despertador, pero siempre despertaba con un solo toque de ella, un signo seguro de su destinado amor, solo para encontrar que la cama estaba vacía. Él no estaba allí. No había vuelto a casa. Tuvo tiempo para sentirse enferma antes de oír la llave en la cerradura de la puerta del apartamento. Jess apareció en el vestíbulo, justo cuando Ryan entró. Él parecía como si no hubiera dormido en absoluto. —¿Apenas estás llegando a casa? —dijo, alarmada—. ¡Tenemos que ir al aeropuerto y tú aún no has empacado! Se volteó a verla, sus ojos estrechados. Su expresión cautelosa, como había sido a menudo últimamente. —No apruebo los grilletes —dijo, sus palabras mal articuladas. No, no, no. No una pelea ahora. Jess metió sus manos a través de su cabello, esforzándose por mantener la calma.

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Funcionó hasta que olfateó el alcohol en él. —¡Estás borracho! Ryan cerró la puerta cuidadosamente. —Era mi despedida de soltero. Se supone que iba a embriagarme. —Él pasó junto a ella y Jess contuvo el aliento. —También hueles a perfume. Se detuvo a mirarla a los ojos, tanto a centímetros como a kilómetros de ella. —También se supone que haya strippers en la despedida —dijo él—. Había cuatro. —Mark organizó esto, ¿cierto? Está tratando de asegurarse que tú no te cases… —Mark es un viejo amigo —interrumpió Ryan, su tono molesto—. Solo porque no te agrada, no significa que voy a olvidar que lo conozco. —Levantó una ceja y ella sintió cambiar algo entre ellos—. No sabía que los arreglos de la despedida tenían que ser confirmados con Bridezilla1. ¿También debería habérselo informado a la periodista? Jess estaba sorprendida, tanto por el tono de Ryan como sus palabras. —¡No es necesario! —dijo ella, conservando su voz baja con esfuerzo—. Es solo que hay mucho por hacer… —Por supuesto —dijo Ryan, interrumpiéndola—. Porque todo esto es una fabulosa extravagancia. —Tuvo algunos problemas con esas dos últimas palabras—. Dime, ¿soy solo un apoyo para la boda del siglo? ¿Podría hacerlo cualquier chico en un esmoquin? —Sabes que no se trata de eso… —Solía pensarlo, Jess. —Él sonó cansado, triste y un poco perdido. Exactamente como ella se sentía. La miró con firmeza, claramente esperando a que ella diga algo. Jess no tenía nada que decir. Solo se quedó observándolo, y él probablemente vio sus dudas. Jess nunca había pensado en las diferencias en sus antecedentes y sus vidas. Había estado demasiado enamorada para preocuparse por eso. Pero ahora, temía estar cometiendo un error.

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Bridezilla: juego de palabras con la palabra bride (novia) y la terminación zilla, haciendo referencia al famoso monstruo ficticio Godzilla.

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Cuando ella no dijo nada más, Ryan se giró y se dirigió hacia el baño. Sin beso, ni abrazo, sin palabras amables, ni anticipación. Jess corrió su mano sobre su frente. Una cosa sería si esta fuera la primera vez, pero él había llegado tarde a casa y borracho repetidamente el mes pasado. Tal vez solo eran nervios. Tal vez podía arreglar esto, justo como arreglaba todo lo demás. Lo siguió al baño, forzando su voz a ser ligera y alegre. —El taxi llegará en media hora para llevarnos al aeropuerto. ¿Vas a estar listo? Él encontró su mirada en el espejo sobre el lavabo, había diversión en sus ojos. —¿Quieres decir si puedo empacar todo por mi cuenta? ¿Puedo escoger mi propia ropa para el viaje? —No seas así. Tú mismo dijiste que ésta era una oportunidad de oro para promocionar mi negocio… —No pareces pensar que puedo hacer nada, entonces, ¿por qué imaginarías que puedo vestirme por mi cuenta? —¿Qué? —Jess, se supone que estamos formando una vida conyugal. Se supone estamos planeando esto juntos… —¡Pero esto es lo que hago! —Correcto. Qué podría posiblemente saber sobre casarme con la mujer que amo. —Ryan maldijo, luego sacudió su cabeza—. En serio necesito algo de café. —Pasó de nuevo junto a ella y se dirigió a la cocina, quitándose su camisa y lanzándola en la dirección usual del cesto de la lavandería. Otro día, en otra ocasión, Jess podría haberse ofrecido a hacer esa taza de café. Podría haberlo seguido a la cocina para tomar una taza para sí. Pero todavía tenía que empacar su bolso, aparentemente, y tenía que ducharse. Grilletes. Bridezilla. Debe ser solo la manera en que se expresaron los chicos en la despedida de solteros, se dijo para sí. No era como si ella alguna vez hubiera sido una. Y los amigos de Ryan podían ser un poco groseros. Como Mark, que poseía ese bar en el centro de la ciudad. Ellos habían sido amigos desde la escuela media y ella respetaba eso, aún si Mark parecía determinado en asegurar que Ryan permanezca soltero.

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Pero mientras entraba en la ducha, reconoció que la discordia entre ellos no era del todo culpa de los amigos de Ryan. Él parecía haberse convertido en un chico diferente al que había robado su corazón. ¿Cómo podía ofenderle que use la boda para fortalecer sus negocios? Había sido idea suya usar su boda como publicidad. Había seguido su sugerencia y ahora él había cambiado, de Príncipe Azul a La Bestia. ¿Estaba cometiendo un error?

Ryan estaba convencido que era más seguro estar borracho. Todo el tiempo. O adormecido. No había otra buena elección, al menos no hasta que la boda del infierno terminara. ¿En qué había pensado para alentar a Jess a usar su boda como evidencia de sus servicios de consultora nupcial? Estaba seguro que las coronaciones sucedían con menos planeación y tensión. Colocó una olla de café en la cocina y tensó sus manos sobre la encimera. Su cabeza estaba palpitando. Se sentía como una mierda. Saber que no había un bar o una cama en su futuro por las próximas dos horas no mejoraba su humor. No sabía si estar contento o aliviado de que Jess no lo hubiera seguido a la cocina. La peor parte era que ahora parecían estar en la cúspide de una discusión todo el tiempo. Extrañaba cuán fácil había sido entre ellos, espontáneo y caliente. También estaba eso. Su acordado mes sin sexo podría simplemente matarlo. Hacer el amor disipaba cualquier discusión. Restauraba el balance entre ellos. Mejoraba sus respectivos ánimos. El no tener sexo lo dejaba frustrado e irritable, ninguno de los cuales lo dejaba en un buen estado emocional para lidiar con la creciente montaña de incertidumbre. Pudo haber manejado todas las presiones y conflictos, si Jess y él hubieran estado bien juntos. Estar borracho significaba que no pasaba tiempo preguntándose qué demonio estaba mal… y si importaba. Ryan se había enamorado como un loco de Jess. Hablando

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de amor a primera vista. Él había sido el derrotado policía que enviaron a su tienda cuando fue robada. Había esperado el desastre y el robo de bienes, la deliberada destrucción. No había esperado a la hermosa princesa de hadas llorando en medio de los dispersos vestidos de novia y zapatillas de satén blanco. O cómo sus lágrimas le molestaron. Ryan, ciertamente, no había esperado que él hubiese sido capaz de sacarle una sonrisa, mucho menos pensar que lo emocionaría tanto. Había encontrado una excusa para regresar y estar pendiente de ella después de salir del trabajo, luego nuevamente al siguiente día, dos veces, siendo incapaz de evitar ser obvio sobre ello. Finalmente, ella lo había descubierto e insistió que fueran por un café. Él no había creído su suerte. En días, se había enamorado como un desquiciado, y había sentido cada palabra que dijo cuándo hizo su propuesta de matrimonio. Había parecido perfecto, una perfecta relación nacida de la nada, pero después todo comenzó a desmoronarse. No había tenido idea de que las bodas pudiesen ser tan extravagantes. Cierto, era el negocio de Jess, y ella sí que venía de una sección de la esfera social diferente a la suya. Supuso que nunca había entendido realmente lo que ella hacía. Cuando recibió los mensajes de voz, quedó alucinado. Sus padres habían estado enfurecidos por los planes. Su familia tendía a ser parsimoniosa y relajada. Una ceremonia en la iglesia de la pequeña ciudad donde él había crecido, una cena buffet preparada por las señoras de la congregación (donde su madre era una) y servida en el pasillo de la iglesia, luego a bailar con un DJ local con una barra donde cada quien comprara su bebida era su idea de una boda. Él había ido a docenas de bodas así y siempre fueron divertidas. Sabía que ellos estarían incómodos con este evento, pero no había esperado que su madre fuese tan mordaz, no solo con los preparativos en sí, sino con su prometida. Ryan tenía dos hermanos y tres hermanas. Su papá probablemente estaba enloqueciendo con el hecho de que sus hermanas menores se inspiraran con la extravagancia de Jess y también quisieran unas bodas similares. Su familia iba a llegar después al complejo y se quedarían por menos tiempo, todo bajo protestas. Era una nota de discordia que Ryan pudo haber no necesitado. Por un lado, no quería a sus padres destruyendo el momento de Jess, así que la había protegido de sus opiniones. Por otro lado, básicamente acordaba con sus padres. Pero quería que Jess sea feliz, y quería que su negocio sea exitoso. Sabía que esto era importante para ella, incluso aunque no estuviera seguro de por qué. Ella iba a ser su esposa. La amaba completamente. Estaba intentando hacer esto funcionar, y no estaba consiguiéndolo muy bien.

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Se sirvió una taza de café y bebió medio contenido de un solo trago, caliente y negro. Tuvo un sabor horrible pero lo despertó. Volvió a llenar la taza. La idea de Jess de abstenerse al sexo durante un mes antes de la boda había parecido una buena idea. Siempre jugaban con la idea de seducirse el uno al otro para construir un encuentro más caliente. Constantemente hacían reglas como “no hay sexo hasta el domingo”, después Jess pasaba el fin de semana paseándose por el apartamento desnuda, pintándose las uñas de los pies y probándose ropa íntima. Y cuando finalmente lo hacían, siempre era explosivo. Pero no había contado con la realidad de ser célibe por 30 días, especialmente cuando sus amigos estaban determinados a lanzarle mujeres en su camino. Ellos pensaban que era imperativo que tuviese una última cana al aire en su soltería, lo cual realmente no le llamaba la atención a Ryan. Era Jess quien protagonizaba todas sus fantasías: Jess con sus oscuros ojos y cabello castaño, Jess con su mente perspicaz, su sonrisa perversa y su pequeño trasero apretado curvado contra él cada mañana. Quería pellizcarse cada mañana cuando despertaba a su lado. A Ryan le gustaba pensar que pudo haber aguantado la falta de sexo por ese mes si Jess hubiese estado hablando con él. Pero ella estaba obsesionada con los detalles de la boda y él se encontró siendo incapaz de iniciar una conversación con ella que tuviese sentido alguno. Parecía que había un inmenso abismo entre ellos, uno que se hacía más grande cada minuto. Ryan se dijo a sí mismo que solo era la tensión de los preparativos. Estaba convencido que superarían esto y regresarían a su anterior equilibrio feliz. Pero eso solo podía ocurrir si él no estropeaba esto, si no se rendía a la tentación y se aprovechaba de algo, o alguien, si le era ofrecido. Borracho y/o dormido hacían eso imposible, razón por la cual fueron las soluciones elegidas de Ryan. La escuchó salir de la ducha, terminó su café, y fue a bañarse y afeitarse. No podían llegar al complejo lo suficientemente rápido. Tal vez dormiría en el avión.

Para el tiempo en que llegaron al complejo, Jessica era un manojo de nervios.

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El abismo entre Ryan y ella solo seguía haciéndose más amplio. Esta boda debería haber sido todo un sueño hecho realidad, pero no había contado con que su prometido tuviese un trasplante de carácter. ¿Cuál era el verdadero Ryan? ¿El chico atractivo, sexy y considerado de quien se había enamorado? ¿O este animal parrandero, que nunca estaba en casa por las noches y bebía aspirinas como un loco en las mañanas? Más importante aún: ¿con qué Ryan se encontraría el día después de su boda? Comenzó a arrepentirse de haber decidido usar la boda para promocionar su negocio. Si hubieran tenido una pequeña boda en el Ayuntamiento, Jess podría haber pedido algo de tiempo para pensar. Si no hubieran tenido la atención de los medios, podría haber pausado las cosas para asegurarse que ambos estaban tomando la decisión correcta. Pero esta boda caribeña en la playa había sido reservada meses atrás. Habían acabado con la planificación, el vestido más grandioso del mundo era suyo y tenía su propia maleta, ya habían pagado los depósitos, y además numerosos miembros de la familia y amigos habían reservado sus vacaciones para estar allí en su gran día. Todo el evento sería un fracaso, extendiéndose a todos los rincones de su vida, si lo cancelaba ahora. ¿Acaso simplemente se estaba arrepintiendo? Además, descubrió cuando habían descargado el equipaje en el complejo que la maleta que contenía su vestido de boda no estaba allí. Justo cuando necesitaba algo de apoyo moral, Ryan se largó. Le dio un beso en la mejilla y se fue al bar con sus amigos. Jess podía haber gritado. ¿No era genial que hubiera pagado extra para tener una romántica cabaña aislada en lugar de una habitación estándar? Ryan tendría una mejor vista mientras durmiera sus resacas. No ayudaba que su hermano Jake fuera tan jodidamente agradable. Jess no entendía cómo podía ser tan tonto cuando se trataba de mujeres si en el resto de las cosas era un tipo bastante inteligente. Su mejor amiga y dama de honor, Christine, había estado loca por Jake desde siempre. Jess sabía que no era la única que lo había notado, pero Jake no tenía ni la más remota idea. Así que, cuando Mark empezó a flirtear con Christine en la sala de espera del aeropuerto y Jake tuvo el caballeroso gesto de cambiar su asiento al de clase ejecutiva para que así se siente con él, Jess sabía que su hermano simplemente estaba siendo protector y, bueno, agradable. Y también había visto la salvaje esperanza que iluminó los ojos de Christine. Si Jake rompía el corazón de Christine incluso más de lo que ya lo había hecho, Jess no estaba segura que quedaran piezas para arreglar. Ahora, él se estaba dirigiendo

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a grandes pasos hacía su habitación, ajeno al hecho de que Christine lo observaba con esa mirada anhelante en su rostro. Jess quiso derribarlo de un golpe. En realidad, quería derribar de un golpe a Ryan, pero habría menos repercusiones si se peleaba con Jake. Pasó una mano por su cabello, admitiendo que era un completo desastre. Iba a lucir como un cadáver en su gran día. Bridezilla. —¿Estás bien, amiga? —preguntó Fiona, apareciendo a su lado. Fiona era preciosa, con su largo cabello rizado color rojo y sus exóticos ojos verdes. Era voluptuosa y divertida, y Jess deseó tener al menos la mitad de la seguridad en sí misma que tenía su amiga. Se conocieron en la universidad, cuando Fiona había tomado a Jess bajo su ala para enseñarle las verdaderas fiestas. Jess aún no estaba a la altura de las capacidades de Fiona. O su libido. Jess hizo una mueca en lugar de contestar, no estaba segura que Fiona entendiera el concepto de sentirse insegura sobre algo, especialmente en cuanto a un hombre. En cambio, debería hablar con Christine. Por otro lado, estaba asustada de tener que darle a su amiga la noticia de que Jake estaba, otra vez, siendo amable y decirle que no debería hacerse ilusiones. —No te culpo —dijo Fiona, actuando como si Jess hubiera contestado. Siempre creía saberlo todo, cosa que podía resultar refrescante—. No me puedo imaginar tener sexo solo con un hombre por el resto de mi vida. Quiero decir, ¿valdría la pena? Jess sonrió a pesar de sí misma. —¿Ni siquiera por amor? Fiona puso los ojos en blanco. —El amor va y viene, Jess. He estado enamorada una y mil veces y disfruté de cada minuto. Aunque nunca duró más de setenta y dos horas. —Ella sonrió petulante— . Eso es probablemente bueno. La gente hace malas elecciones bajo la influencia del amor. —Dio una significativa mirada al anillo de compromiso de Jess. Jess exhaló, incapaz de discutir con eso. —Si escucho la frase de “los grilletes” una vez más, voy a gritar.

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—Puedes hacerlo mejor que eso —dijo Fiona alegremente—. Puedes hacerle pagar por ello. Jess miró fijamente a su amiga. —¿Qué quieres decir? Fiona miró alrededor y bajó la voz. —Él tiene miedo de quedar atado. Pobre bebé. —Sus ojos brillaron con picardía mientras ponía cara de fingida simpatía—. ¿Por qué no lo atas realmente, y le das un adelanto? Jess estaba estupefacta. —¡Fiona! No soy como tú. No puedo hacer eso. Fiona deslizó la mirada hacia Christine, y luego de vuelta a Jess. —Supongo que tendré que ser la chica mala de siempre. Puedes pedirle a la princesa de hielo consejos, entonces. —Christine no es una princesa del hielo. —Morirá virgen. —Fiona puso los ojos en blanco—. Quiero decir, es una chica dulce, pero vamos, ni yo era tan frígida cuando tenía cinco. Jess sonrió. Sabía que Christine no era virgen, pero ciertamente Christine no compartía el apetito voraz de Fiona por los hombres. La cosa era que cada chico con el que Christine había salido tenía cierto parecido con Jake. Jess le había llamado la atención al respecto un par de años atrás, y Christine había estado mortificada, tan mortificada que hasta donde Jess sabía, no había salido con nadie en serio desde entonces. ¿Cómo su hermano podía estar tan ciego? Él y Christine estarían perfectos juntos, la pareja ideal y atractiva. —Creo que podrías divertirte con un poco de bondage2 —continuó Fiona con su usual tono despreocupado—. Y lo chequeé en línea. El complejo de al lado es solo para parejas. Tienen una boutique con artículos del Plume. —¿De dónde? Fiona rio. —Es un club BDSM privado. Hacen equipos de calidad.

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Bondage: es una práctica sexual en la que se utilizan ataduras.

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—¡Fiona! Su amiga sonrió, sin arrepentimiento. —Si cambias de opinión y quieres un poco de apoyo moral cuando vayas de compras, házmelo saber. Siempre estoy buscando accesorios. —Ella se dirigió hacia las habitaciones, y luego miró hacia atrás—. Si decides echarlo, también házmelo saber. Siempre he pensado que Ryan es algo lindo. —¡Eres mala! Fiona rio de nuevo. —Ya sabías eso, amiga. —Entonces se fue, comprobando su llave y arrastrando su maleta con ruedas detrás de ella. Christine había estado hablando con el conserje, pero regresó junto a Jess. —¿Estás bien? ¿Nervios de último minuto? —Enlazó su brazo por el codo de Jess—. Comprobaré con el conserje de nuevo más tarde por la maleta perdida. No te preocupes. Tienen cuatro días para encontrarla. —Va a quedar arruinado si pasa cuatro días hacinado en la maleta. Christine le dio un abrazo. —¡Deja de preocuparte! Quizás necesite una pequeña planchada, o tal vez solo colgarlo en la ducha por un tiempo. Lo arreglaremos. —Sonrió a Jess—. Deberías disfrutar de esto. Es una boda de ensueño y es toda tuya. —Deberías ser la que se case, no yo. —¿Por qué lo dices? —Porque todavía crees en toda esta cosa del felices para siempre. —Suspiró Jess—. Ya no estoy segura de que pueda. —Oh, no lo dices en serio. Ryan y tú son perfectos el uno para el otro. —La sonrisa de Christine fue un poco forzada—. Además, estoy viviéndolo a través de ti. Tienes que tener una boda fabulosa por todos nosotros. También Fiona. —Ella nunca va a casarse. Es una cuestión de principios. —No estés tan segura. Cuando la gente está convencida que lo tiene todo resuelto, el universo tiene una manera de sacudir sus supuestos. —¿De verdad crees eso?

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—Soy una optimista implacable. Deberías saberlo a estas alturas. Además, las personas viven más tiempo cuando están casadas, ese sería un incentivo incluso para Fiona. —Ryan podría no vivir lo suficiente para casarse si sigue así. —Eres puro ruido y pocas nueces —bromeó Christine—. Todo el mundo sabe que los dos están muy bien juntos. Incluso si Ryan parecía haberlo olvidado. Tal vez solo era el estrés de la boda. Jess forzó una sonrisa y trató de pensar positivo. —Gracias, Christine. Nos encontraremos de nuevo aquí en unos pocos minutos. No te apresures. —Puedo encargarme de cazar el vestido. Ve a pasar algún tiempo con Ryan. Jess resopló y sacudió la cabeza en dirección a la barra. —Está ocupado. Christine le dio una mirada atenta. —Oh, pensé que Ryan y tú iban a tomarse un descanso juntos hoy… Jess sacudió la cabeza. —No, decidimos esperar hasta la noche de bodas —explicó—. Que sea más romántico. Christine sonrió. —Eso suena romántico. Toda una primera vez de nuevo. —Ella miró hacia la barra—. Tal vez por eso está tan ocupado con sus amigos. Tratando de evitarte para que así sea más fácil mantener el plan. —Sonrió—. Los dos son tan eléctricos juntos. Habían sido eléctricos. El corazón de Jess dolió al sentir que la magia que había pensado que habían compartido durante su relación se evaporaba ante sus propios ojos. Pero bastaba confiar en Christine para encontrar una explicación razonable y agradable. También era la que había sido más confiable en resolver los giros y crisis de última hora. —Eres la mejor, Christine —dijo Jess, sus lágrimas alzándose—. No sé cómo habría salido de esto sin ti. —Va a ser perfecto —dijo Christine con una confianza que Jess no sentía—. Vamos a triple comprobar todo y lo único que tienes que hacer en el gran día es

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disfrutar. Vas a estar tan hermosa y este lugar es simplemente maravilloso. Será una boda de ensueño. Irá a pedir de boca y llegarás a casa para encontrar docenas de nuevos clientes solicitando tus servicios. —Abrazó a Jess—. Toma una respiración profunda y deja de preocuparte. Nunca vas a hacer esto otra vez, así que disfruta. —Tienes razón. —Jess dio a su mejor y más antigua amiga un fuerte abrazo, deseando poder creer que era verdad—. Gracias. —Déjame hablar con el conserje de las maletas. Toma una ducha y una siesta. — El tono de Christine era reconfortante—. Eso hará que te sientas mejor. ¿Tienen un spa aquí? Podríamos reservar antes de la boda y ponernos todas hermosas. —¡Es una gran idea! —Tal vez hoy deberías recibir un masaje. Tal vez debería. Jess se unió a su madre, escuchando el entusiasmo de su madre por el complejo, y trató de ser un poco más optimista. No podía doler.

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Ryan no fue a la cabaña en todo el día. Jess no lo podía creer. Había desempacado sus maletas y después las de él, colgó las ropas y reorganizó todo. Estupendo. Ya era toda una esposa obediente. Sintió un resentimiento que estaba muy lejos de lo que quería sentir. Había ido para un masaje con su madre, que en realidad no había ayudado, y tenía la intención de brillar durante la cena como si estuviera pasando un tiempo maravilloso. En cambio, perdió el control. Ryan estaba borracho cuando llegó a la mesa y todos lo sabían. Los labios de la madre de Jess prácticamente desaparecieron en su desaprobación y Jess se encontró apretando el tallo de su copa de vino con tanta fuerza que casi lo partió. —¿Qué diablos es lo que te pasa? —exigió en voz baja. Se atrevió a verse sorprendido mientras se sentaba junto a ella.

—¿Qué quieres decir? Solo estoy disfrutando de este gran lugar. —Sus palabras fueron un balbuceo y la sonrisa que le dio carecía de su encanto usual. Jess contuvo la respiración y se tragó un comentario desagradable. Vio el recelo ensombrecer los ojos de Ryan. —Creo que mejor voy a conseguir algo de comer —dijo él, empezando a levantarse de la silla que acababa de reclamar—. ¿Crees que queda algo de carne en el buffet? Jessica agarró su brazo y lo empujó de vuelta a la silla. —Podrías intentar al menos estar sobrio. Podrías al menos pretender estar feliz. Ryan se sentó fuertemente. —Estoy feliz, Jess —dijo a través de los dientes apretados—. Los chicos solo quieren desahogarse un poco. Es inofensivo. Que él no haya podido pronunciar la última palabra no ayudó. —No es inofensivo —espetó—. Está destruyendo todo. —¿Qué quieres decir? —Él sabía lo que quería decir. Podía verlo en sus ojos. Así que, él sabía que estaba mandando a la basura su relación y no le importaba. Eso no hizo que Jess se sienta mejor, exactamente. —Está haciendo que te odie —dijo ella suavemente—. Está haciendo que todas estas personas se pregunten por qué infiernos han venido tan lejos. Esa periodista de sociedad va a llegar el jueves y solo está buscando la manera de hacer que esto parezca un fiasco. No tienes que hacérselo más fácil. —Tomó una respiración y agregó su miedo más profundo, queriendo que lo refute—. Quizás no vaya a haber una boda. En vez de eso, los labios de Ryan se apretaron y se inclinó más cerca. Sus ojos fulguraron y parecía más como el mismo de siempre. —Quizás eso no sería algo malo —dijo, para sorpresa de Jess—. Quizás todo se fue a la mierda antes de que empezara a beber con mis amigos. Quizás tú fuiste la única que arruinó todo. —¿Yo? —Sí, tú. Casarte conmigo no era lo suficientemente bueno para ti. —Gesticuló hacia el comedor—. Tenías que hacerlo con este gran bombo. —¡Esa fue tu idea!

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—Alego ignorancia. Esta es una gran revelación para mí. —Negó con la cabeza, lanzando una mirada sobre todo el lugar mientras sus labios se apretaban—. Y está costando una fortuna. ¿Estás segura que tu tienda puede costearlo? —Es una exageración, pero podría llevar nuestras ventas al siguiente nivel. Ya he visto un gran repunte con la cobertura del periódico. —Bueno, entonces, bien. Si manda nuestra relación a la basura, al menos habrá un lado bueno. —No quieres decir eso. —Jess lo vio con horror—. Pensé que también querías esto. Ryan se inclinó sobre ella, su mirada fija tan intensa que su corazón latió fuertemente. —Quería casarme contigo. Quería hacerte feliz. Quería que tuvieras la ceremonia que querías tener y que tu negocio fuera tan exitoso como querías. — Sacudió la cabeza—. ¿Pero esto? Guau, Jess. Es totalmente excesivo. —Se rio por lo bajo—. Tal vez no puedo permitirme el lujo de casarme contigo. —Pasó sus manos por su cabello y se vio perdido. Jess se sentía más que perdida. Sentía como si una mano fría agarrara su corazón y le diera un apretón. —¿Qué estás diciendo? —Quizás cancelarlo no sería una mala idea. —No puedes querer decir eso… —No estoy seguro. Quizás esta es la clase de boda que tu familia y amigos tienen. La mía se casaría en la iglesia local. No es un lujo, pero tampoco costaría una fortuna. —Le dirigió una ardiente mirada—. ¿A dónde vamos después de aquí, Jess? Solo soy un policía, que recién está empezando en la fuerza. No hago la clase de dinero que alguna vez me permitirá tirar veinte mil dólares en unas vacaciones. —Eso no me importa. Amas tu trabajo… —Pero tú tienes expectativas. ¿Qué pasa si quedas embarazada y dejas de trabajar? ¿Qué pasa si cierras la tienda? ¿Qué pasa si tenemos que vivir solo de mi sueldo? Es un estilo de vida diferente, Jess, y me estoy preguntando si solo con tenerme valdría la pena para ti. Jess sintió que se quedó con la boca abierta. —Te amo.

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—Y yo te amo. Pero, estoy empezando a preguntarme si eso va a ser suficiente. Jess no podía pensar ni una sola cosa que decir. Ryan esperó solo un momento antes de levantarse. —Voy a conseguir algo para comer. Jess siguió con la mirada fija en su novio mientras la dejaba tirada. De nuevo. ¿Podría ser este el patrón de sus vidas juntos? ¿Estaba él en lo correcto? Jess se sentó entumecida mientras su familia se acercaba y se instalaba a su alrededor. Su madre empezó a hablar sobre cómo sus nuevas sandalias habían destrozado sus pies, pidiendo consejo de cómo estirar las correas de cuero. Su hermano Jake se burló de su madre por el optimismo de usar los zapatos nuevos en el vuelo. Christine observaba a Jake mientras Fiona revisaba los mensajes de su teléfono. Todos fingieron no darse cuenta que Ryan se sentó en una mesa diferente con sus amigos a comer. Jess se quedó en la mesa, preguntándose qué debía hacer. Los otros huéspedes se alejaron a bailar o ir al bar. Quería llorar, pero eso no iba a solucionar nada. Como era de esperarse, fue Christine la que vino a su rescate. —Debes estar agotada —dijo mientras se acomodaba en el asiento que Ryan había dejado vacante. Y sonrió a Jess—. Sé que yo lo estoy. Ese vuelo fue muy temprano. —Voy a bailar —anunció Fiona, dándole a Jake una mirada intencionada—. ¿Alguien quiere venir? Jake sacudió su cabeza y se estiró como un gran gato. —Estoy con Christine —dijo, tentando a que Jess lo patee—. Tiempo para que los fiesteros y los madrugadores se separen. —Te sentirás mejor después de una buena noche de sueño —dijo Christine, pero Jess no lo creía. Estaba vacía por dentro, enferma con la sensación de que todo se estaba desmoronando. Jake se levantó y le sonrió a su hermana, ignorando la forma en que Christine lo observaba.

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—Vamos, Jess. Te ves muerta. Date un descanso. Te acompañaré de vuelta a tu cabaña. Christine se giró rápidamente, pero no lo suficientemente rápido para que Jess no viera su decepción. Tal vez Christine tenía razón y una noche de sueño mejoraría la vista. No podía doler.

Ryan peleó para evitar que su mirada siguiera a Jess a medida que salía del restaurante. Había dicho demasiado y lastimó sus sentimientos. Lo sabía y se sentía como un idiota, pero por otro lado, no pudo evitar permanecer en silencio por más tiempo. Alguna vez, había sido capaz de decirle algo fuerte en una forma más amable. Podrían haber estado en desacuerdo, pero habían seguido hablando, y habían terminado haciendo el amor lentamente después de eso. Le dolió el recuerdo de cuán dulce podía ser la reconciliación. Nunca habían discutido de esta manera, pero tal vez hacer el amor todavía podía ser la forma de resolverlo todo. Pensó en seguirla y seducirla, luego recordó su trato. Se sentó fuertemente. Si iba a la cabaña, le haría el amor. Trataría de llevarse el dolor de sus ojos e intentaría restaurar la conexión que habían tenido. Se mataría para hacerla sonreír. Pero había prometido esperar hasta la ceremonia. Era domingo. La boda era el jueves. Estaba en la recta final. Solo cuatro días más. Podía hacerlo. Mientras permaneciera fuera de la habitación o permaneciera ebrio. Y después de eso, trabajaría para reconstruir su compañerismo. La recuperaría antes de eso. Se la ganaría de nuevo. Un hombre no podía estar así de enamorado con una mujer sin creer que todo estaría bien al final. Si no creyera que los chicos buenos al final ganaban, no se habría convertido en policía. Ryan ordenó otra cerveza y un chupito.

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Jess despertó en una perfecta mañana caribeña. Había estado despierta hasta muy tarde, preocupada, tanto que había dormido mucho más de lo normal. El cielo estaba azulado, la brisa del océano era caliente y el colchón junto a ella estaba vacío. De nuevo. Miró hacia el techo y parpadeó para alejar las lágrimas. Frustrada se dirigió hacia la ducha. Iría a encontrar a Ryan en el bar o dónde sea que hubiera pasado la noche y haría lo que fuera necesario para enderezar las cosas. Tenían que hablar. Tenían que lograr resolver esto. Escuchó la puerta abrirse cuando estaba en la ducha, pero asumió que era la mucama. Gritó para decir que estaría fuera de la habitación en cinco minutos y escuchó cerrarse la puerta. Salió del baño para encontrar a Ryan en la cama, boca abajo. Cuando ella llegó a la cama, él dio un feliz suspiro. —Hueles tan bien en las mañanas, Jess. —Enterró su rostro en las almohadas y aspiró profundamente, sus puños cerrándose sobre las sábanas. El corazón de Jess se apretó. Se sentó a un lado de la cama y él se estiró para tocarla, su otra mano cerrándose en las de ella. —Lamento decir lo que dije. Es solo que esto me está matando. —¿La boda? —No tener sexo. Jess sonrió a pesar de sí misma. —Pero solo es sexo, y será más caliente el jueves. Acordamos que… —Lo sé, Jess. Lo sé. Pero es más difícil de lo que esperaba. —Ryan suspiró, rodó sobre su espalda. Le dio una mirada adormilada—. No quiero ser un idiota. Solo te extraño. —Yo también te extraño.

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—Estoy jodidamente asustado, Jess. ¿Qué demonios estás haciendo con un tipo como yo? —Se frotó la frente y luego se cerraron sus ojos—. Deberías estar con alguien como tu hermano, un tipo con un par de títulos, y no de la escuela de la vida. —Pero te amo. —No tiene sentido —murmuró Ryan. Ella se sentó y sostuvo la mano de él mientras su respiración se profundizaba. Jess mordió su labio mientras lo veía dormir. Recordó el día que su tienda había sido robada y su mundo había sido sacudido.

Un ladrillo había sido arrojado por la ventana, dejando cristales rotos en todos los vestidos en la vitrina. Jess se sorprendió al descubrir el desorden cuando llegó, sobre todo porque tenía un cliente pautado para las once. Eso fue antes de que ella entrara en la tienda, antes de ver que todo había sido sacado de los estantes y arrancado de las perchas. Toda la gloria prístina de los vestidos blancos y los accesorios se encontraba revuelto en el suelo. Los libros con las muestras de invitaciones habían sido arrojados a través de la tienda, sus páginas arrancadas. Era un desastre. No recordaba llamar a la policía. Pero sí recordaba colapsar entre un montón de vestidos deliberadamente destruidos, cientos de miles de dólares de inventario desgarrados por… diversión, un inventario que no podía permitirse el lujo de desechar, y por eso, rompió a llorar de frustración. Hasta que un hombre se aclaró la garganta cuidadosamente desde la puerta. Un oficial de policía. Ryan, en su uniforme, con su pistola y su aguda mirada. Él había comprobado la caja registradora, la caja fuerte, la joyería, evaluando, observando y tomando notas con una eficiencia que le sorprendió. Fue educado y resuelto, haciendo a Jess consciente que lo que era nuevo para ella, era una rutina para él. Sus preguntas le ayudaron a recomponerse y empezar a limpiar. Jess estaba colgando los vestidos rasgados, tratando de ordenar los que podrían salvarse, cuando sintió su presencia a su lado. —Eso es todo lo que podemos hacer hoy —dijo él—. El detective consiguió algunas huellas en la puerta, eso es algo bueno.

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—Gracias. No se fue. —Guau. Parece azúcar glas o telarañas —dijo con asombro. Él levantó una mano enguantada para tocar un volante de encaje, sus ojos abriéndose más al ver la etiqueta de precio. Inspeccionó los vestidos en el suelo, y luego se encontró con su mirada—. Debes estar asegurada. Jess hizo una mueca. —Eso no quiere decir que van a cubrir todo esto. —No había desaliento en su voz, solo un pesimismo raro. Lo sintió más que lo vio al responderle. —Te ayudaría, pero probablemente lo hará peor. —Gracias por la oferta. Siguió sin irse, incluso entonces, por el contrario, manteniéndose firme. Ella se dio la vuelta para encontrar que la observaba, su mirada evaluativa. —Debes tener un socio. —Jess sacudió la cabeza—. ¿Alguien que te ayude a limpiar? —Yo lo haré. Aun así vaciló. —Puedes encontrar a McMurtry en Main, es rápido reemplazando ventanas. También tiene buenos precios. Voy a darles una llamada, si quieres. Jess levantó la vista. —¿Eso es lo que los policías suelen hacer? —No. —Sonrió, la expresión suavizando sus rasgos—. Pero no quiero dejarte sola con esto. ¿Estás segura que no hay nadie a quien puedas llamar? —Mi amiga vendrá después de terminar el trabajo. —Jess se agarró con más fuerza a un vestido, conmovida por su preocupación—. Gracias. Estaré bien. Gracias por venir, también. ¿Crees que van a atraparlos? —Lo intentaremos. Jess supuso que eso era todo lo que podían hacer. Observó el lío, deseando saber cómo iba a sobrevivir a esto financieramente. Él sin embargo no se fue.

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—Podría haber sido peor, ya sabes. Jess extendió una mano, señalando el daño. —¿Cómo es posible que sea peor? Ryan pareció desconcertado, pero ella esperó, animándole con su silencio. —Bueno, podrían haber, um, orinado en todo. —Jess lo miró con asombro, sospechando que él habría elegido un verbo diferente en otro entorno—. O peor. —Él hizo una mueca—. Lo vemos todo el tiempo con los allanamientos de morada. —Eso sería peor. Sería desagradable. —Jess se había dado cuenta entonces que había muchas, muchísimas cosas en el mundo que no sabía o no había visto—. Gracias por hacerme sentir afortunada —dijo y en serio. —Todo en el cumplimiento del deber. Espero que tu día mejore, señorita Carmichael. —No hay donde más ir sino hacia arriba —dijo Jess. Él casi rio, conteniéndose hasta que ella le sonrió. Se había producido un brillo travieso en sus ojos cuando se tocó el ala del sombrero. El brillo lo había transformado, lo había humanizado, haciéndole notar al hombre en el uniforme. Cuando volvió más tarde ese día, una vez que estaba fuera de servicio, solo para comprobar su progreso, había estado encantada de verlo. Él había sonreído abiertamente ante su placer y no había habido vuelta atrás.

Ryan era todo lo que Jess siempre había creído que un hombre, y un oficial de policía, debía ser. Era galante y astuto, tanto duro como gentil, un hombre de principios y ternura. Él la trataba como a una dama, pero también como una compañera. No es de extrañar que lo amara tanto. Jess estuvo tentada a seducir a Ryan, aquí y ahora mismo. El sexo se llevaría el borde de tensión, pero también significaría que rompería la promesa de Ryan con ella. Sabía cómo era Ryan en cuanto a los votos y las promesas. Nunca eran negociables, y en realidad, su determinación a cumplir su palabra era una cualidad que admiraba en él. Convencerlo a romper su palabra podía arruinar todo.

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Tenía que haber otra manera. ¿Podía reavivar la llama entre ellos sin poner en peligro el acuerdo que habían hecho? ¿Podían llegar a estar tan obsesionados entre sí que su noche de bodas sería más caliente que el fuego? Jess tenía que creerlo. Pensó en las formas en las cuales se habían atormentado entre sí en el pasado, y cuán increíble habían sido esos encuentros. Tenía que creer que esto requería una táctica diferente a todo lo que habían hecho antes. La novedad sería parte de lo que atraería la atención de Ryan. Y la sorpresa también desempeñaría un papel. Tomó el teléfono y marcó a la habitación de Fiona. —Llévame de compras —dijo cuando Fiona respondió. Miró hacia abajo, pero Ryan ni se movió. Sintió un estremecimiento de anticipación—. Ya sabes a dónde.

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R

yan tenía la sensación de que algo estaba mal. Mantuvo los ojos cerrados y trató de averiguarlo.

Había encontrado la cabaña correcta, porque su llave había funcionado en la puerta. La cama era enorme y cómoda, las sábanas planchadas para suavizarlas perfectamente. Él estaba desnudo y durmiendo sobre su espalda, una brisa flotando sobre su piel. El aire era cálido y podía oír tanto el amparo del océano como los graznidos de las gaviotas. Se sentía lujoso simplemente estar allí, sin ninguna prisa en particular para hacer algo o ir a cualquier lugar. Como un completo beneficio adicional, no tenía dolor de cabeza después de la noche anterior, pero sus pensamientos estaban un poco nublados. Podía oler el aroma de Jess en las sábanas, ese dulce olor familiar de su cuerpo. Su cuerpo respondió como señal y su erección se alzó a medida que la visualizaba dormida. Ella siempre dormía desnuda, su piel suave como la seda. Su cabello estaba siempre en una maraña oscura alrededor de su rostro y sus labios siempre separados, como invitándolo a un beso. Por un centenar de mañanas, se había dado la vuelta para encontrarla allí y había sido tentado. La había despertado con un beso, entonces le había dado la vuelta sobre su espalda y se la había devorado. Amaba comenzar su día con el sonido de su orgasmo y el gusto de sus jugos calientes en su lengua. Ryan gimió un poco y se movió mientras dormitaba. No podía esperar para tenerla de espaldas de nuevo, para saborearla otra vez, para sentir su cuerpo flotando a la cúspide del orgasmo. Su Jess. Ryan se dio cuenta lentamente que podía oler el perfume que ella usaba cuando iban a salir. El olor le hizo cosquillas, haciendo su erección aún más grande. Amaba ese perfume, el modo en que se mezclaba con el suyo natural. No estaba bromeando con ella cuando dijo que podía encontrarla en cualquier lugar cuando lo llevaba. Inhaló profundamente, recordando la última vez que se había burlado de él con ese perfume. Había sido un viernes por la noche, una cena para su asociación de negocios antes de navidad. Estaba llevando un sujetador de encaje con bragas a juego,

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con medias y un ligero. Su maquillaje lucía pulcro, su cabello estaba recogido en lo alto y había estado usando tacones. Cuando él salió de la ducha para vestirse, le había dado una mirada traviesa. Entonces comenzó a aplicar ese perfume debajo de sus pechos, en su cuello, en la parte interior de su muslo, en el arco de su pie. Él había estado hechizado por la vista. El dormitorio se había llenado con el olor de ella, pero había insistido en esperar hasta más tarde para incluso tocarse el uno al otro. Ryan había anudado su corbata alrededor de novecientas veces para hacerlo bien, había estado tan distraído. Habían llegado tarde, lo que nunca hacían. En el auto de camino a casa, ella se había quitado las bragas de encaje y las puso en el bolsillo interior de su chaqueta de traje. Había sido capaz de olerla y a ese perfume durante todo el camino a casa, y habían bromeado sobre él conduciéndolos hasta la zanja. Había estado cerca. Y habían hecho el amor hasta el mediodía del siguiente día. Ryan gimió con el recuerdo. Esa noche era la razón principal por la que había accedido a su idea de un mes de castidad. Si cuatro horas habían sido suficientes para volar su mente, ¿cómo sería con treinta días? Sin embargo, lo estaba matando. Eso no había sido una broma. Tres noches hasta que tuviera a Jess de vuelta. Ryan podía hacerlo. Trató de alcanzarla a través de las sábanas, esperando que esté allí, pero no pudo moverse. Entonces los ojos de Ryan se abrieron, incluso mientras trataba de tirar para liberarse. Para su sorpresa total, sus tobillos estaban atados a las esquinas del reposapiés y sus muñecas estaban atadas en las esquinas de la cabecera. Estaba atado a la cama, abierto de brazos y piernas sobre su espalda. Se retorció con frustración, pero la cama estaba tallada en madera maciza y ni siquiera crujió con sus esfuerzos. Las bandas de sus muñecas y tobillos eran anchas y hechas de algún tipo de nylon que lo fijaba en su lugar. No había ningún modo de librarse de ellas, aunque no eran lo suficientemente fuertes como para cortar la circulación. Cada una estaba atada a un trozo de cuerda negra, que estaba anudado a su vez alrededor de la pata de la cama. Estaba estirado completamente y apenas podía mover su trasero. Si se hubiera relajado, podría haber estado cómodo, pero Ryan no podía relajarse.

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Su corazón latía con fuerza. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Quién le había hecho esto? ¿Y por qué? ¿Dónde estaba Jess? —Pareces estar preocupado por haber sido atado —dijo Jess, su voz baja y sensual. Ryan se dio cuenta que ella estaba de pie junto a la pared al lado de la cabecera, justo fuera de su visión periférica—. Fiona me sugirió darte un adelanto. Cuando ella dio un paso adelante, Ryan se ahogó con sorpresa. Estaba vestida en un corsé negro brillante y unas botas negras a la altura del muslo a juego. Los tacones de esas botas eran de aguja y llevaba un antifaz negro. Su lápiz de labios era de un rojo brillante, un color que ella nunca usaba, pero que se veía increíble en ella. El corsé dejaba sus pechos libres y los empujaba hacia arriba, haciéndolos ver más redondos y grandes. Debe haber puesto colorete en sus pezones, porque se veían muy rojos. Y eran unos tensos pequeños puntos. Estaba tan excitada como él lo estaba. Era Jess pero no su Jess, una versión de Jess de una súper heroína de película porno, y la vista aturdió a Ryan. También envió una sacudida ardiente a través de sus venas, una oleada de lujuria que fue directamente a su pene. Tenía una mano detrás de su espalda, haciéndole preguntarse qué estaba escondiendo de él. Jess, con un sexy secreto. Ryan sintió su corazón saltar a toda marcha. Aún peor, estaba llevando ese perfume. Cuando se acercó, el aroma lo rodeó como una nube y casi le hace correrse al acto. Por algún milagro, encontró su voz. —¿Qué estás haciendo? Jess dejó caer un trozo de cinta en la cama y se puso unos guantes largos negros que iban hasta sus codos. Los subió lentamente, como si le gustara volverlo loco. Los guantes hacían que sus brazos se vean largos. De hecho, todo el traje le daba un toque exótico e irreal. Si esto era un sueño, Ryan no quería despertar. Él la miró con asombro, sin querer perderse nada. —Has sido un chico malo —murmuró ella, con una pequeña sonrisa en sus labios rojos—. Y te voy a castigar.

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Imposible. Su Jess nunca habría dicho tal cosa. Incluso si la amenaza hizo que su pene se pusiera tan duro que dolía. —Pero tenemos un trato, por un mes… Ella sonrió. —Nadie dijo que haría más que atormentarte. Ryan se ahogó con sorpresa. —No lo harías. No podrías. No ahora… —¡Silencio! —Jess golpeó su muslo con una paleta de cuero que había estado sosteniendo detrás de su espalda. En realidad no dolió, pero Ryan estaba tan sorprendido que se quedó en silencio. ¿Qué se suponía que debía hacer? Suponía que no había mucho más que él pudiera hacer. Se puso aún más duro con esa comprensión. Jess apoyó una rodilla sobre la cama y se inclinó sobre él, rodando algo en su mano. —Abre grande, Ryan —susurró, luego tocó su labio con su dedo. Él abrió su boca bajo su orden, demasiado sorprendido al verla de esa forma para desobedecer. Pensó que iba a besarlo, y estaba más que listo para eso. En su lugar, Jess metió una mordaza negra con una bola en el medio dentro de su boca y la aseguró alrededor de su cabeza. Ryan trató de escupirla, sin éxito. Trató de gritar, pero solo logró formar un gemido sordo. Se esforzó, peleando contra las restricciones y empezó a respirar más rápido con la convicción de que estaba cautivo. Jess se inclinó cerca y susurró en su oído, sentir su respiración contra su piel haciéndolo temblar. Estaba ahogándose en ese maldito perfume de ella y estaba seguro que pronto se correría. ¿Lo castigaría aún más por eso? —Las puertas están aseguradas —susurró—. La cabaña está aislada. La señal de “No Molestar” está en la puerta. —Sus dedos estaban trazando dibujos sobre su cuerpo, su toque ligero haciéndolo consciente de modo penetrante de cada centímetro de su propia piel—. Tus amigos están durmiendo la resaca y ninguno va a buscarnos hasta la cena a las seis. —Ella echó un vistazo al reloj digital sobre la mesita de noche—. Oh, mira, es solo la una en punto. —Sonrió y apoyó su mano para deslizarla hacia abajo

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por su pecho—. Eres todo mío por cinco horas enteras. No vamos a hacerlo, pero voy atormentarte. —Cerró su mano alrededor de su erección y apretó—. Si eres muy bueno, te dejaré venirte, pero si te corres antes de darte permiso, me aseguraré que te arrepientas. Algo se plegó y rompió en la mente de Ryan. Nunca antes había jugado un juego como este, y nunca lo había querido. Pero con Jess como su dominatriz3, podía ver el atractivo. Ella lo soltó demasiado pronto y giró lejos. Él comprobó su culo, el cual siempre había tenido esa forma de corazón perfecta. Era exactamente como él recordaba, y cada parte tan sexy. Jess recogió la cinta que había lanzado sobre el colchón, envolviéndola alrededor de sus dedos enguantados. Era un listón azul satinado, cerca de tres centímetros de ancho. —Algo viejo, algo nuevo —dijo, recitando la vieja rima acerca de la buena suerte para las bodas. Su traje era nuevo. ¿Qué era viejo? ¿Ryan? Sentía que estaba fallando en entenderlo porque no estaba seguro. ¿Lo azotaría con la paleta de nuevo? La idea era electrizante—. Algo prestado y algo azul —continuó Jess. ¿Qué tenía ella prestado? El listón era azul. El alivio surgió a través de él al saber esa respuesta. ¿Pero prestado? ¿Qué era prestado? La sonrisa de Jess se volvió perversa, luego envolvió el listón alrededor de su pene, limitándolo en un aro de suave satín. Ryan gimió en protesta incluso mientras se ponía más duro. —Fiona dijo que una pequeña restricción impediría que te vengas demasiado pronto. Nunca supe eso. ¿Es verdad? Ryan solo pudo gemir. Ella corrió la punta de sus dedos sobre su longitud y él sacudió sus caderas, siendo incapaz de evitarlo. Jess soltó una risa. Entonces enrolló el listón alrededor de su eje, luego alrededor de sus bolas, finalmente anudándolo en un gran arco. Él sintió el suave satín del listón contra su piel y retorcido en su erección a medida que ésta se hacía imposiblemente más grande. —Parece que te gusta eso —meditó Jess—. Veamos qué más te gusta. —Ella golpeó un dedo sobre la punta de su nariz—. Recuerda: no estás autorizado a venirte hasta que yo te dé permiso. Solo si te doy permiso. Hoy me encargo de las reglas y esa 3

Dominatriz: mujer que adopta el papel dominante en prácticas sexuales de bondage, disciplina, dominación y sumisión o sadomasoquismo, que suelen abreviarse como BDSM.

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es importante —dijo y sacudió la cabeza, como si se decepcionara de él—. Ya estás en un montón de problemas, Ryan. No presiones tu suerte. Ryan solo pudo volver a gemir en su mordaza. No estaba seguro de ser capaz de contenerse. ¿Cómo iba a sobrevivir las próximas cinco horas? ¿Qué le haría Jess si él la desobedecía? Ryan tenía la sensación que iba a descubrirlo.

Jess no podía creer que no había probado el bondage antes. Era emocionante tener a Ryan a su merced y ser capaz de ver lo tan excitado que él estaba. Su respiración salía a toda prisa y estaba sonrojado, pero su polla estaba tan rígida y gruesa que apenas podía resistirlo. Quería sentirlo dentro de ella otra vez. Quería sentarse sobre él, empujarlo tan profundo dentro de ella y exprimir su semilla. Pero eso tenía que esperar. Rodeó la cama lentamente, dejando que sus tacones resuenen sobre el suelo. Él no podía apartar su mirada de ella aparentemente, y parecía que incluso no quería parpadear. Ella golpeó la paleta de cuero contra su palma enguantada a intervalos regulares, notando cómo el sonido del impacto le hacía contener el aliento. —También aprendí que estimular la piel aumenta el deseo —le dijo—. Y que alternar dolor con placer combinan el efecto. Ya que has sido tan malo, pensé en intentar un poco de castigo primero. Ryan gimió dentro de su mordaza. Jess se movió rápidamente para golpear su muslo con la paleta. Él se estremeció a medida que su piel enrojecía. Jess se estiró y acarició el punto con la punta de sus dedos. Su polla, encerrada en el satinado listón azul, tembló en atención. En todo caso, estaba estirando su cautiverio. Ella nunca lo ha visto tan grande. —Placer y dolor —murmuró con satisfacción—. Esto parece funcionar. —Ella le sonrió—. Parpadea si te gusta esto. —Ryan parpadeó—. Eso imaginé —dijo, conservando su voz baja y peligrosa—. Siempre te ha gustado el cuero. Vamos a descubrir cuánto.

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Ryan gimió cuando Jess empezó a trabajar en él. Azotó su muslo un poco más, azotándolo hasta que estuvo sonrojado desde la cadera a la rodilla. Luego se inclinó sobre él y corrió su lengua de un lado a otro en la cabeza de su pene. Su coleta arrastrándose a través de su estómago, probablemente haciéndole cosquillas, así que lo hizo de nuevo, observando cómo enrojecía de placer. Azotó el otro muslo hasta que se volvió rosado, y luego se agachó para acariciar sus bolas. Se tomó su tiempo, acunándolas en su mano enguantada, dándoles un pequeño apretón, para después deslizar sus dedos de arriba hacia abajo a lo largo de su erección. Sus brazos fueron los siguientes, y se llevó el pulgar de Ryan en su boca para el intervalo de placer. Él la observó ávidamente a medida que ella metía y sacaba su pulgar en su boca, justo en la manera que ella lo había chupado cientos de veces o más. Ella arrastró sus dientes a través del extremo de su pulgar, chupándolo y mordisqueándolo con sus dientes al hacerlo, luego corrió su lengua sobre su palma. Él se estremeció en sus restricciones y sacudió sus caderas en una demanda silenciosa. —Otra vez travieso —dijo, y golpeó su pecho con la paleta. Pellizcó su pezón fuerte esa vez y él enrojeció. Su cabello estaba despeinado, haciéndolo verse desaliñado y sexy, tan caliente para ella que él no sabía qué hacer consigo mismo. No que tuviera mucha opción. —Me gusta esto —le susurró, dando golpecitos con su lengua a través del lóbulo de su oreja. Sopló sobre él después, mirándolo temblar—. Voy a dejarte empacar todo esto en tu maleta cuando vayamos a casa y declararlo en la aduana. Si fallas en conseguir pasarlo por la frontera, bueno, habrá más castigos pendientes. Ryan gimió y asintió en acuerdo. Ella rodeó la cama entonces, escuchando el ritmo acelerado de su respiración. Él había empezado a sudar, lo cual hacía que su piel brille. —Qué hombre tan sexy —susurró—. Voy a tener que asegurarme de guardarte solo para mí. ¿Debería alguna vez dejarte ir? ¿O debería conservarte encadenado en nuestro dormitorio para siempre? Puedes atender mis necesidades a cada hora. Ryan rugió dentro de su mordaza y empujó sus caderas, claramente listo para hacerlo ahora mismo. —Mira cuán húmeda estoy —murmuró Jess. Puso un pie en la cama, mostrándole su húmedo sexo. Sus ojos se ensancharon a medida que la miraba fijamente. Corrió sus dedos sobre sí misma mientras él observaba con avaricia, después esparció sus jugos por todo su rostro. Ryan contuvo el aliento y cerró sus ojos, luego se

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retorció en sus ataduras—. Me deseas —dijo Jess y él gimió en acuerdo—. Pero en cambio, solo me darás placer. Gritó una protesta y ella lo azotó de nuevo, recompensándolo por su impertinencia. Utilizó la paleta más fuerte, trabajando en su cuerpo desde sus dedos hasta sus muñecas, incrementando el ritmo de los golpes. Él ya estaba rosado y listo, su erección furiosa, cuando ella se subió a la cama. Besó su sien con gentileza, luego pasó su pierna por encima de su cabeza. Debía estar goteando en su rostro. —Se un buen chico, ahora, y asegúrate de darme placer —dijo. Jess metió su mano entre sus muslos y removió la mordaza. —Santa mierda, Jess —musitó Ryan—. Esto es increíble… Pero Jess no lo dejó terminar. Se sentó en su rostro, saboreando su ahogado gemido. Jadeó cuando su lengua se movió contra ella y tragó sus jugos. Separó sus rodillas para bajar aún más sobre su rostro y él codiciosamente la devoró. La acarició con su lengua, la succionó y burló, construyendo su deseo así como ella había construido el suyo. Jess pensó que se desmayaría del placer. El hombre se merecía una recompensa. —Tienes permiso para venirte —susurró Jess. Su lengua se detuvo por un instante y supo que la había escuchado—. Solo una vez, para reducir la presión, después no lo harás otra vez hasta nuestra noche de bodas. —Luego descendió por todo su cuerpo, desató el lazo en el listón de satín azul, y se llevó su enorme erección a la boca.

Ryan había pensado que el mes de abstinencia lo mataría, pero era Jess decidida a castigarlo lo que temía que lo matara. Era su actitud tan exageradamente sexy y exigente, mezclando el dolor con el placer como si hubiera hecho esto un millón de veces. La piel de Ryan estaba en llamas, y cada caricia lo incrementaba con un poder celestial. Había sido capaz de oler su coño, olerlo mientras se humedecía más y eso mezclado con su perfume estaba volviéndolo loco. Cuando mencionó llevar las ataduras a casa, él se excitó más. Cuando mencionó mantenerlo cautivo en su dormitorio, estuvo extasiado por las posibilidades… y determinado a vengarse. La ataría para que así ella estuviera

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indefensa y la atormentaría con placer. Se aseguraría que solo piense en él, que solo se corra para él, que no exista nadie más en el mundo que pueda complacerla. Después de eso, no estaba seguro que pudiera contenerse, sin importar cuánto lo amenace. Pero ella le dio permiso para venirse. Cuando Jess lo coronó, Ryan no podía creer su suerte. Quiso succionarla hasta dejarla seca. Quiso ahogarse en sus jugos. Quiso que ella envuelva sus muslos alrededor de su cabeza y así enterrar su rostro en su húmedo coño. En cambio, ella abrió más sus piernas. El movimiento sacándola un poco de equilibrio, poniendo más de su peso en su rostro, pero no le importó. Le encantó el suave cuero de esas botas contra sus brazos, y estaba cautivado por ese jodido perfume. Le gustó la sensación de mantenerla prisionera con su lengua, y decidió que la haría venirse como nunca. Y eso fue antes de que ella desatara la cinta y lo tomara en su boca. Ryan gimió contra su húmedo coño. Ambos se conocían muy bien, sabían exactamente lo que complacía más al otro, y podían llevarse hasta el borde. El cambio de caricias exigentes a gentiles para evitar que el otro tenga un orgasmo prematuro, la alternación de labios y dientes y la mezcla de velocidades para el mismo final era tan perfecto que podía haber sido coreografiado. Todo lo demás era irrelevante. La conexión emocional era lo que era real, era lo que alimentaba la electricidad entre ellos, era lo que haría que su relación fuera duradera. Su voto de castidad también hizo su parte, haciendo el encuentro más caliente y excitante… la escena una mezcla increíble de familiaridad y encuentros prohibidos. Ryan sintió su corazón latir muy fuerte en su pecho y su aliento contenerse. Sintió a Jess temblar en su agarre y su clítoris se endureció más. Él estaba tan duro como una roca, el pulso golpeando en su verga como una demanda. La sintió contener el aliento y su boca apretarse ligeramente en él. Sabía que ella estaba al borde y así capturó su clítoris en sus labios en un beso fuerte. Lo succionó un poco, empujándola sobre el borde. Jess gritó cuando su orgasmo la atravesó por completo. Estremeciéndose encima de él, goteando en su rostro, y sintió los espasmos de su liberación. Ella correspondió casi simultáneamente, cerrando su boca alrededor de la cabeza de su pene, justo en la forma que le encantaba. Lo succionó al mismo tiempo en que le apretaba las bolas.

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Ryan rugió mientras se venía y venía, una y otra vez.

Ryan despertó para encontrarse solo, de nuevo. ¿Había soñado todo el encuentro? No. Había un rollo de cinta azul en la mesita de noche y el perfume de Jess llenaba la cabaña. Venirse una vez no había sido suficiente… la esencia de ese perfume lo tenía tan duro como una roca nuevamente. Pero ella había estado en lo cierto. Había reducido la presión. Podía conseguirlo hasta el jueves por la noche, incluso con ella atormentándolo. Era media tarde y el calor flotaba a través de las puertas abiertas hacia una terraza privada. La luz era tan brillante que apenas podía mirar al resplandeciente océano. Razonó que Jess había ido a arreglar alguna cosa de la boda, tal vez comprobar con el conserje por su maleta perdida. Ryan no tenía fuerzas para preocuparse por nada. Todo estaba bien en su mundo otra vez. Silbó mientras se metía en la ducha, reviviendo cada dulce momento del encuentro. Había sido tan caliente. Tan increíble. Tan sorpresivo. En solo una hora, Jess había restaurado completamente su fe en el futuro. Con razón la amaba tanto.

La barra de la playa estaba relativamente tranquila cuando Ryan llegó ahí y asumió que los otros invitados de la boda que habían llegado debían estar asoleándose, durmiendo o bañándose en la playa. Sin embargo, Mark y Darren estaban sentados en una mesa en una esquina, y ya bebiendo Tequila. —¿Por fin libre de los grilletes? —bromeó Mark cuando Ryan se sentó en la mesa. —No sabes de lo que estás hablando.

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—¿Ah, no? Definitivamente está destrozando tu espectáculo —musitó Mark—. ¿No te molesta? —Tal vez le gusta ser su pequeño esclavo —dijo Darren, bebiendo de su vaso. Ryan estaba sobresaltado por sus comentarios. Llamó a la camarera y pidió una cerveza, pensando furiosamente. Ahora que lo pensaba, Jess se había hecho cargo y lo dominó en su pequeño encuentro. No había pensado sobre los roles que habían jugado, solo en cuán caliente había sido. ¿Acaso intentaba enviarle un mensaje? ¿Estaba intentando estar a cargo de todo en su vida de pareja? —Tal vez solo quiere que alguien más esté a cargo —dijo Mark—. Es muchísimo más fácil ser un sometido que un hombre. —Esperen un minuto —protestó Ryan. —Hay mujeres que solamente quieren ser reinas en sus castillos —dijo Darren como si supiera algo al respecto—. No lo soporto. —Yo tampoco —replicó Mark—. Te diré lo que yo haría. Iría a esa boutique del complejo de al lado, y le enseñaría una lección. Le mostraría quién es el jefe, justo ahora, antes de casarme. —Tú jamás te casarías —lo acusó Ryan. Mark sonrió. —Si alguna vez considerara la idea de casarme con alguien, y es una posibilidad remota, me aseguraría primero de que ella sepa cuál es su lugar. —Encantador —dijo una camarera de cabello oscuro mientras les servía otra ronda de tragos—. Hay Príncipes Azules por todos lados. Ryan soltó una carcajada. Mark le dio a la camarera una mirada dura. Ella hizo una mueca pero Ryan sacudió su cabeza, y luego la chica se alejó. Vio a Mark echarle un ojo a su culo. —Sí. —Darren asintió vigorosamente—. Yo también haría lo mismo. La pondría en su lugar mientras todavía estuviera a tiempo. —Y me desligaría de ella si no se rinde —concluyó Mark, terminándose su trago. —¿Cuál boutique? —preguntó Ryan.

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—El complejo de al lado es solo para parejas. —Mark gesticuló con su copa vacía—. Tienen una tienda, con esas cosas de ese club de BDSM, The Plume. Esa dama de honor caliente estaba yendo allí esta mañana. Ryan apostaba que Fiona había ido ahí con Jess. Ahí debía ser donde consiguió esas cosas, porque sabía que Jess no las había traído con ella. Bueno, quizás era hora de darle una vuelta de tuerca a las cosas. Mientras más pronto mejor. —¿O sabes qué más podrías hacer? —dijo Mark, sus ojos encendidos—. ¡Podrías ganar la apuesta! —¿Qué apuesta? —Ryan tenía un vago recuerdo de una apuesta que se había hecho en su despedida de soltero, pero había estado tan borracho esa noche que sus recuerdos eran un borrón. —Quien consiga follar primero gana el dinero —dijo Darren con un asentimiento. Posó su mirada en una camarera que pasaba, como si estuviera considerando sus propias posibilidades. Ella lo ignoró. Ryan casi lanzó una carcajada estruendosa ante la reacción abatida de Darren. Él tenía tantas probabilidades de proponérsele a una mujer que acababa de conocer como de caminar en la luna. Su amigo de la secundaria hablaba mucho, pero era notablemente tímido alrededor de las mujeres. Se necesitaría más que una sonrisa de una bonita camarera para que él supere sus nervios. —Tres mil dólares —siseó Mark. Señaló a una camarera que acababa de entrar a trabajar. Era bonita y curvilínea, incluso más bonita que las otras. Todas las mujeres que trabajaban en el bar llevaban bikinis y pareos, junto con sandalias de tacón alto. Claramente pasaban la mayor parte de su tiempo libre ocupándose de sus bronceados y uñas. Ésta le disparó a Mark una sonrisa conocedora, evidentemente recordando—. La campaña continúa —murmuró Mark, alzando un dedo para llamar a la bonita camarera—. Tienes tal vez unas seis horas para lograr tu objetivo, Ryan. No valía la pena ni siquiera hablar de la idea. Ryan no iba a hacer el tonto con Jess solo días antes de la boda. Iba a usar ese tiempo para asegurarse que su matrimonio funcionara. Se puso de pie, dejando su cerveza. —Voy a dar una vuelta por esa tienda —dijo—. ¿Ustedes vienen? Darren sacudió la cabeza. Mark estaba demasiado ocupado tratando de conquistar a la camarera como para contestar. Ryan se dirigió al complejo de al lado solo.

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Los hombres eran unos perdedores. Laura sacudió la cabeza mientras ponía los vasos vacíos en el cubo en la estación de camareras. No le cabía la menor duda: trabajar en un complejo con todo incluido le dejaba ver la peor parte de los hombres. No estaba segura que su optimismo natural pudiera sobrevivir a otros seis meses de contrato. Sentía la necesidad de contraatacar. De alguna manera. Se dio la vuelta para mirar al moreno que rezumaba confianza, aquél que ella había acusado de “Príncipe Azul”. —Es un poco lindo, ¿cierto? —dijo Alanna. Laura alzó la mirada para encontrarla sonriéndole al Sr. Sutil. Él le guiñó un ojo a Alanna y la saludó alzando su vaso. —Es muy pagado de sí mismo —dijo Laura sin mucha energía. —Tienen una apuesta en marcha —dijo Alanna, sus ojos brillando—. Mil dólares para quienquiera que consiga follar primero. Dijo que lo dividiría conmigo si lo hacíamos. Laura se giró para mirar a su amiga anonadada. Ella había oído que eran tres mil dólares. El Sr. Sutil había mentido en cuanto el monto, quedando bien mientras planeaba engañar a Alanna. —Qué bastardo —dijo Laura calurosamente—. Pero bueno, ¿qué más puedes esperar? Un tipo así de guapo, tiene encanto para regalar. Por supuesto, es un imbécil. —¿A qué te refieres? Creo que es una buena oferta. Laura pensó en ello por solo un minuto. En menos de un día, había visto a este tipo tratando de arruinar la boda de su amigo, tratando de emborrachar al novio, tratando de enredarlo con una mujer dispuesta, y nada de eso le gustó. No era de extrañar que la novia luciera tan estresada. Y ahora, estaba mintiéndole a su amiga sobre la cantidad de dinero para persuadir a Alanna de que lo ayude a ganar una estúpida apuesta. Este era un perdedor en cuyo éxito ella podía influir.

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Ahora era la hora de vengarse de los de su tipo. Fingió estar afligida. —Bueno, probablemente nunca te contó la verdad, ¿no? —¿Contarme qué? —Alanna frunció el ceño—. Me contó lo de la apuesta… —Bueno, hay una razón por la que quiere tanto ganar. Ellos no creen que él pueda hacerlo… o que deba. —¿Por qué no? Laura susurró tres letras en el oído de su compañera de trabajo y creyó que Alanna iba a desmayarse. —¿Estás segura? —No, pero estuvo fanfarroneando que estaría en casa sano y salvo antes de que alguien descubriera la verdad. —¡Eso es horrible! —dijo Alanna, tomando su bandeja—. ¡Es malvado! ¡Debería tirarle una cerveza encima! —O mejor: ignorarlo. —Tienes razón. —Alanna asintió vigorosamente—. Tengo que contarles a las demás. Tenemos que mantenernos unidas. —Buena idea. —Laura escondió su sonrisa triunfante mientras Alanna caminaba hacia la barra. La historia se propagaría como fuego. El Sr. Sutil no sabría lo que lo golpeó. Una semana sin nada de sexo le enseñaría un poco de humildad. Quizás cambiaría su perspectiva a largo plazo. Laura decidió observar, solo por diversión.

El segundo día en el complejo fue una mejora definitiva en comparación al día que habían llegado. Jess se sentía mejor en cuanto a su relación con Ryan, y como un bono añadido, azotarlo había aliviado gran parte de su estrés. Había sido una gran manera de sacar su frustración.

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Ni hablar del orgasmo asesino. Se sentía mucho más equilibrada y más como sí misma. Debería haber intentado el BDSM mucho antes. Más evidencia de los planetas alineándose a su favor vino con la llegada de su maleta desaparecida. Había dejado a Ryan durmiendo y se fue hasta el conserje para comprobar, solo para que le entregaran su bolso. El conserje le aseguró que su servicio de limpieza podía dejar el vestido perfecto en poco tiempo, así que Jess se lo encargó. Le alegraba tener una cosa menos por hacer. Todo iba a estar bien. Decidió tomar una copa rápida y un aperitivo con su madre para celebrar. No había ninguna señal ni de Christine o Fiona. Para cuando volvió a la habitación, Ryan se había ido. Esta vez, Jess estaba serena con el hecho de que él salga con sus amigos. Se tomó su tiempo en el baño, asegurándose de utilizar el perfume que a él parecía gustarle tanto. Sonrió a su propio reflejo, anticipando una noche más caliente tentándose entre sí, entonces oyó la puerta de la cabaña abrirse. Y cerrarse. Luego se hizo el silencio. Sabía que no podía ser una mucama y un hormigueo se disparó a través de ella en anticipación. Se asomó a la puerta del baño. La cabaña tenía una zona de estar a un lado y la cama al otro. Caía la tarde, y el cielo más allá de la terraza estaba teñido en bandas de color naranja y oro. Las puertas estaban abiertas al balcón privado y una brisa flotaba al interior. Alcanzó a ver a Ryan, encendiendo algunas velas. El corazón de Jess dio un vuelco. Había regresado a la habitación, en lugar de quedarse con sus amigos. Jess dio un paso atrás en el interior del cuarto de baño y cerró la puerta detrás de sí, apoyándose contra ella, con deleite. Ryan no solo estaba aquí… sino que estaba siendo romántico. Amaba las velas incluso más que ella. Probablemente sabía que ella estaba aquí y tenía la intención de darle una sorpresa. Jess estaba preparada para ser sorprendida. Abrió la puerta del baño, como si estuviera ajena a su presencia. Se detuvo y se quedó sin aliento, con asombro, algo que no tuvo que fingir, como con anterioridad al fijarse en las velas. Sus llamas parpadeaban en la brisa y la habitación brillaba dorada en su luz.

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—¿Ryan? —preguntó, siendo incapaz de verlo en algún lugar. Dio un paso en la habitación principal, preguntándose en dónde se había escondido. —¡Te tengo! —Él la agarró desde atrás, atrapando sus brazos contra su cuerpo con un brazo y colocando la otra mano sobre su boca—. Ya era hora que salieras de allí —murmuró en su oído—. Es tiempo de que pagues. Los ojos de Jess se abrieron mucho más ante eso. Ryan medio la cargó al baño, impulsándola hacia delante con su cuerpo. Jess estaba demasiado excitada para hacer otra cosa que seguirle el juego. Debían ir a cenar, pero los otros podían comer sin ellos. Esto era más importante. Los miró en el espejo, su corazón latiendo rápido. Los hombros de Ryan lucían anchos detrás de ella, sus brazos envueltos alrededor de Jess. Su cabello estaba un poco despeinado, justo en la manera que pensaba que se veía más atractivo, y se había quitado la camisa. Ejercitaba todo el tiempo, para asegurarse de poder encargarse de cualquier cosa que se le presentase en el trabajo. Amaba su perfecto cuerpo esculpido, la forma en que lo hacía parecer más duro y peligroso también. Sus rodillas se fundieron poco a poco con la intensidad de su mirada. —Entonces, éste es el trato —susurró, su voz oscura llena de intención y su otra mano aún tapándole la boca—. También has sido mala. Concentrándote en la boda y luego atándome hoy. No puedo dejar de pensar en esas botas. —Le dio un beso debajo de la oreja, incluso mientras ella sonreía bajo el peso de su mano—. Por lo tanto, voy a castigarte por no tratarnos como pareja. ¿Entendido? Jess asintió. —Tienes permitido decir: “Sí, Ryan”. —Él levantó su mano para que pudiera hacer eso. Jess tragó fuerte. —Sí, Ryan. —Su voz era más ronca de lo habitual, un signo de su excitación. Ryan sonrió y ella sabía que lo había notado. —La barra de labios roja —dijo y su mirada cayó en ella en el tocador. Ella extendió una mano, sin ser capaz de levantar la barra de labios porque su codo estaba atrapado contra su cuerpo. Ryan liberó su brazo derecho, pero se mantuvo firme en su cintura y brazo izquierdo.

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Jess se limpió el lápiz labial de color rosa de su boca, luego se aplicó el color rojo brillante que solo había usado para seducirlo. Él la observó en el espejo, con los ojos radiantes, y ella sintió su sexo pulsar con mayor interés. —Algo viejo —dijo—. ¿Adivinas qué? Jess escaneó el tocador del baño, pensando violentamente. —¿Tú y yo? —Algo nuevo —instó Ryan. —¿La barra de labios? —Algo prestado. Miró a su alrededor, sin saber a qué se refería. Estaba atrapada entre sus caderas y el tocador de mármol, y podía sentir su erección contra su trasero. Pero sacudió su cabeza. Ryan sonrió. —Mete la mano en el bolsillo delantero de mis pantalones. Jess echó su mano hacia atrás, y deslizó sus dedos en el bolsillo. Sintió el hueso de su pelvis en primer lugar, y el músculo de su cadera debajo de la mezclilla del pantalón, entonces sintió algo satinado. Sacó el listón azul que había usado para atarlo antes, ahora firmemente enrollado. Ryan lo tomó de su mano y lo desplegó sobre el mostrador. Le soltó el brazo, pero luego envolvió la cinta alrededor de ella una y otra vez, atando sus brazos a su cintura con el brillante satén azul. Jess se quedó sin aliento cuando él ató un lazo apretado en la parte posterior. La besó a un lado de su cuello, su aliento haciéndola temblar de deseo por él. Jess estaba contenta de haberse puesto el pequeño vestido veraniego escarpado con los tirantes delgados. Ryan sostuvo sus hombros en sus manos, sus pulgares moviéndose contra su piel desnuda a medida que dejaba un rastro de besos a través de su piel. Jess suspiró, así como su sexo comenzó a doler hambriento. —¿Te gusta eso? —Sí, Ryan. Él levantó las manos y desabrochó la cremallera que corría por la parte de atrás de su vestido, empujando los tirantes de sus hombros. Desabrochó el sujetador y lo echó a un lado, cerrando sus manos alrededor de sus pechos. Jess se quedó sin aliento, amando la calidez de sus manos sobre su piel y la sensación de su pecho desnudo contra su espalda. Sus pezones ya estaban doloridos y apretados.

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—¿Te gusta esto? —Sí, Ryan —suspiró Jess. —Entonces tal vez te gustará esto mucho más. —Puso un pequeño frasco de algo en el mostrador delante de ella, y luego lo abrió. Podría haber sido crema fría, pero brillaba claro como vaselina. Aunque tenía un olor, un rico aroma exótico. Ryan levantó un poco con la punta de un dedo, y luego masajeó su pezón con él. Jess jadeó y arqueó su espalda. Estaba hormigueando, caliente y helada al mismo tiempo, excitando y estimulando lo suficiente para hacerla sentir mareada. Levantó la mirada para encontrar a Ryan sonriéndole en el espejo mientras le daba vueltas a su tenso pezón entre su dedo índice y pulgar, extendiendo la crema, lo que sea que fuera, por el interior de sus aréolas. Sintió sus caderas rodar contra él y fue incapaz de detenerse a sí misma. Los ojos de él fulguraron a medida que colocaba una caja pequeña sobre el tocador. —Algo nuevo —susurró él. Sus miradas se encontraron en el espejo. Incluso con sus brazos atados por los codos, Jess se las arregló para abrir la caja. Había dos pequeñas abrazaderas en ellas, abrazaderas con cuero entre sus dientes. No entendía realmente lo que eran hasta que Ryan sacó una de la caja y gentilmente la fijó en su erecto pezón. Pensó que iba a entrar en órbita por la mezcla de sensaciones de dolor y placer. La tensión era de exactamente la cantidad correcta para volverla loca sin lastimarla. Inhaló rápidamente, sintiendo su calor aumentar en frustración y excitación mezclada. Ryan sonrió y puso su dedo dentro de la crema de nuevo, levantando su mano para masajear el interior de su otro pezón. Jess gimió sin poder evitarlo, sabiendo exactamente lo que él haría. —¿Te gustan estas abrazaderas de pezones? —Sí, Ryan. —Su voz sonó sin aliento. —¿Te excitan? —Sí, Ryan. —¿Quieres que te ponga la otra? —Sí, Ryan. —Esto último cruzó sus labios como un suspiro, porque estaba untándole la crema a su otro pezón. Puso la otra abrazadera y ella se balanceó sobre sus pies. La tensión era casi insoportable y Jess se estremeció contra los lazos amarrados.

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Él reforzó sus manos sobre las caderas de ella, admirando las abrazaderas. —¿No se ven maravillosas? —preguntó y ella sabía la respuesta correcta. —Sí, Ryan. Presionó un beso en su hombro. —Hueles como si estuvieras mojada. —Sí, Ryan. —Y ni siquiera sabemos qué es lo azul todavía. Su mirada se encontró con la de él en el espejo. Vio sus labios trabajando, y supo que no podía decir ninguna otra cosa que no le permitiera. Él le sonrió. —¿Quieres decir algo, Jess? —Está la cinta. —Mmm, sí, pero está contando como algo prestado. —Llegó detrás de la puerta del baño, donde obviamente había colgado una bolsa en la manija. Colocó la bolsa sobre el tocador. Era una bolsa de compras de la tienda de regalos de Plume del complejo vecino. El corazón de Jess palpitó como un trueno en sus oídos. —Será mejor que la abras —susurró—. Estoy muy seguro que es para ti. Jess abrió la bolsa con dedos temblorosos, solo un poco limitados por sus lazos. Sacó la delgada caja negra estampada en relieve con una pluma de pavo real, luego se encontró con la mirada de Ryan en el reflejo. Él sonreía, con una mirada traviesa e impredecible. Pensó que su corazón explotaría, estaba martillando tan fuerte. O gotearía sobre el suelo. Estaba tan húmeda. Él levantó la tapa de la caja y contuvo el aliento. Lo que sea que fuera estaba revestido con terciopelo azul. —Es un antifaz —susurró él, sacándolo de la caja para que así ella pudiera verlo. La parte externa era de charol negro, así supo que haría juego con el corsé y las botas que se había puesto antes. Ryan se lo mostró y sus ojos se ampliaron—. ¿Ves? También está acolchado y forrado con terciopelo, así amortigua el sonido. Va sobre tu cabeza, pero tiene elástico en la parte de atrás para sostenerse en su lugar. Es una venda para los ojos que no puede caerse. —Besó su sien—. ¿Quieres usarlo ahora?

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Jess tragó con fuerza. —Sí, Ryan. —Ese labial va a lucir tan bien con el negro —musitó, luego sus ojos parpadearon—. ¿Por qué no ruegas que te lo ponga, Jess? ¿Por qué no me ruegas que te tome como prisionera y te castigue esta noche? La boca de Jess se abrió, pero ningún sonido salió. Ryan sonrió más y pasó la punta de su dedo por la parte superior de su brazo. —Tienes que querer que te castigue por ser traviesa, Jess. —Su voz se endureció un poco, enviándole torrentes excitantes a través de su cuerpo—. Ruégame. Jess rogó. Suplicó y demandó. Ryan la soltó por unos momentos, entonces haló su cabello hacia arriba en una coleta. Levantó el antifaz sobre su cabeza, deslizando la coleta a través de la abertura de atrás. Alisó el antifaz sobre ella, sus manos ajustándolo en su cabeza mientras la oscuridad la encerraba. Jess se estremeció, incluso mientras su cuerpo volvía a la vida. Sus otros sentidos se agudizaron aún más sin su visión. Sus dos pezones estaban adoloridos y tensos. Su sexo estaba palpitando, su piel hormigueando. —Muy bien —dijo Ryan y ella se emocionó con su aprobación. Él tomó los extremos de la cinta y ató sus muñecas a su espalda. Desabrochó su vestido y lo empujó hacia abajo, poniéndose de pie detrás de ella para acunar sus senos con sus manos. Ella hormigueó consciente de su desnudez y que la estuviera mirando en el espejo. Se atrevió a arquear la espalda y entreabrir sus labios para hacer mejor la vista. Para tentarlo. —¡Perversa! —dijo con una risa ahogada, luego la ayudó a salir del círculo de su vestido y ropa interior. Le dio la vuelta y la instó a regresar a la habitación principal. La mantuvo girando de manera que no estaba segura de dónde estaba. Siguió besándola, en su mejilla, su mentón, sus hombros, nunca en su boca. Las fugaces caricias de él la desorientaron aún más, luego sus manos vagaron sobre ella con obvio deseo. Se alegró cuando la sentó en el borde de la cama, porque sabía dónde estaba. Ryan le quitó sus sandalias, empujando su espalda sobre la cama mientras la besaba profundamente. Estaba mareada por su toque y lista para rendirse por completo a él. Pero Ryan tenía otras ideas. Se movió rápidamente, más rápido de lo que probablemente podría anticipar con el antifaz. —Oh mira, algo más estamos pidiendo prestado —dijo y ella sintió la cubierta afelpada del grillete cerrándose en su tobillo—. ¿Así está bien?

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Jess jadeó y supo la respuesta correcta. —Sí, Ryan. Él rio y aseguró su tobillo, casi con toda seguridad a la esquina del marco inferior de la cama. No estaba realmente sorprendida cuando lo hizo con el otro tobillo, extendiéndola para su vista. Pensó que admiraría lo que tenía para ofrecer, pero en su lugar inmediatamente él se estaba inclinando sobre ella. Le hizo inclinarse hacia delante y desató la cinta, luego cerró los grilletes alrededor de sus muñecas, aquellos que ella había usado en él. En cuestión de segundos, tenía las muñecas juntas y atadas a la cabecera de la cama. —¿Estás atada de forma segura? —demandó y Jess se retorció con todas su fuerza. —Sí, Ryan. —¿Te gusta? —Sí, Ryan. —Le dio la respuesta ritual, pero era verdad. Estaba más mojada de lo que podía haber creído posible. —Entonces tengo un regalo para ti. Jess estaba segura que iba a devorarla y hacerla venir, por lo que se sorprendió cuando sintió la punta de su dedo tocar su clítoris. Ella jadeó sin aliento cuando el calor helado de ese ungüento se disparó a través de su cuerpo a partir de ese punto, entonces sus caderas se mecieron por su propia voluntad. —¿Te gusta? —preguntó él. Tuvo que tomar tres respiraciones antes de poder darle la única respuesta que tenía permitido dar. Su corazón latía con fuerza y su piel estaba caliente. Sentía como si hubiera fuego corriendo por sus venas, y no estaba segura de cuánto tiempo más podía soportar el erótico tormento. —Sí, Ryan —dijo, y sus palabras salieron entrecortadas. —Bien, eso es bueno, porque has sido muy mala, Jess. Simplemente tenemos que resolver quién está a cargo, ¿cierto? —Sí, Ryan. —Estaba temblando y estremeciéndose, con ganas de venirse. —Una buena pareja requiere equilibrio. —¡Sí, Ryan!

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Él se inclinó sobre ella y Jess pudo sentir el calor de su cuerpo, oler el aroma de su piel. Sus labios rozaron los de ella, así que abrió su boca, ansiando más de su beso. —Esta noche, voy a disciplinarte. —Sí, Ryan. —Las palabras salieron de sus labios como un suspiro de concesión. —Porque hay más de una cosa nueva, Jess. Sin importar cuánto te guste lo que te haga esta noche, no tienes permitido correrte. —Él la besó en la sien y susurró—: No hasta el jueves en la noche. Jess jadeó. —¿Qué te parece, Jess? —Sí, Ryan —accedió Jess, aunque no estaba segura de poder soportar la espera durante tanto tiempo. —Hasta entonces, serás mía para controlarte. Jess no estaba segura de haber entendido, entonces algo tocó sus labios vaginales. Era cálido y suave, pero firme alrededor de los bordes. El contacto le hizo sentir un hormigueo. Sintió bandas elásticas envolverse alrededor de sus muslos, luego otra asegurándose por su cintura. —Es una pequeña mariposa de silicona, moldeada para presionar su nariz contra el clítoris —dijo Ryan, presionando el objeto contra ella. Jess jadeó—. Tiene un vibrador en ella, y un control remoto. Ya sabes cómo amo los aparatos. Pensé que éste te gustaría. Jess no podía responder, porque obviamente lo encendió. La vibración rápida contra su clítoris fue como un zumbido de abejas, pero uno que la hizo jadear bruscamente. —¿Te gusta? —¡Sí, Ryan! —Vas a usarlo cuando yo te diga. Por la noche, en la cama, durante el día, cada vez que te diga que lo uses, lo harás. Jess se estremeció ante la perspectiva. ¿Durante el día? ¿Estaría caminando por el complejo, usando un vibrador con control remoto? Nadie sería capaz de verlo, pero Ryan sería capaz de atormentarla cuando quisiera. Estaría mojada y lista, para lo que sea y cuándo lo quisiera. —¿Entonces, Jess?

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—Sí, Ryan —dijo en un apuro—. Sí, Ryan. —Creo que hay que ajustarlo un poco más alto, ¿no? Jess sintió su boca temblar. Conocía la única respuesta que tenía permitida, pero no estaba segura de poder soportar más presión. —Dime, Jess —le ordenó y ella no sabía lo que le haría si no respondía. ¿Dejarle la cosa puesta durante toda la noche? La mera idea trajo de vuelta su voz. —Sí, Ryan —se las arregló para jadear, luego gimió en voz alta cuando incrementó el ritmo. —Recuerda que tienes prohibido correrte. —¡Sí, Ryan! —Jess sintió su trasero retorciéndose contra las sábanas suaves. Luchó contra las restricciones, luchando para liberarse de modo que pudiera llevar el delicioso tormento a su fin con la punta de un dedo, pero Ryan la había atado bien. Estaba indefensa. Estaba a su merced. Iba a ser así durante tres días más. Gimió de nuevo. —Así que, hiciste trampa más temprano —dijo él en voz baja. Ella sintió el colchón hundirse cuando él se sentó en el borde de la cama. El calor de su mano se posó sobre el hombro de ella, y luego se extendió sobre ella, marcando un rastro de excitación a través de su piel—. Y se llevó la presión, pero eso fue todo. Sin más orgasmos hasta la noche del jueves. Jess gimió cuando él tomó un pecho, luego besó ligeramente ese atormentado pezón. —Sí, Ryan —jadeó, esperando que no lo dijera en serio. —No vas a dormir esta noche, Jess —dijo él y se puso de pie. Se sintió abandonada sin su toque, aun cuando lo escuchó caminar hasta el final de la cama. Habría jurado que podía sentirlo mirándola. Sabía que su polla estaba dura, y solo deseó poder tener la oportunidad de tocarlo, chuparlo o empujarlo dentro de sí misma—. Vas a disfrutar de tus nuevos juguetes, y voy a disfrutar viéndote. ¿Iba a masturbarse mientras ella estaba en agonía? Jess gimió en protesta y Ryan rio como si hubiera leído sus pensamientos.

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—Me conoces demasiado bien, Jess, y tienes que saber cuán magnífica luces en este momento. —Ella arqueó su espalda y abrió las piernas más ampliamente, con la esperanza de tentarlo—. No tienes permitido correrte, sin importar lo que yo haga. ¿Lo entiendes? —Sí, Ryan. —Soy tu amo. Jess ya estaba pensando en maneras de vengarse de él, pero conocía la respuesta correcta. —Sí, Ryan. —Bien. Vamos a ver lo que esta cosa puede hacer. —El vibrador se movió con mayor energía, casi enviando a Jess a la luna. Gimió desde el fondo de su alma y alzó las caderas de las sábanas en silenciosa demanda. Ryan rio entre dientes—. Lo que sé es que estarás decidiendo ser mala a propósito, así puedo castigarte. —Sí, Ryan —dijo Jess con fuerza, y lo dijo en serio.

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Jess era increíble, deliciosa, caliente y cada una de las fantasías de Ryan hechas realidad. Tarareaba bajo el movimiento incesante del vibrador, luchando para evitar el orgasmo con toda su fuerza de voluntad. Tratando de ser buena. Pero no intentando lo suficiente. Podía ver su resistencia a ceder el control y supuso que estaba planeando cómo iba a desquitarse. Sin importar lo mucho que la deseara en este momento, esto se supone que es una lección de compañerismo. Una que también lo estaba poniendo caliente y duro. Ryan jugó con el ajuste del vibrador mientras rodeaba la cama, pero los cambios en la velocidad solo la llevaron más alto. Verla tan excitada era casi imposible de soportar. Jess estaba sonrojada desde sus pechos hacia arriba, y sus labios se estremecían en silencio a medida que trataba de obedecer sus órdenes. Ver sus labios suaves, tan rojos y listos, moviéndose de forma incoherente era emocionante. Cuando ella atrapó

el labio inferior con los dientes, Ryan pensó que se iba a venir en sus pantalones. Cuando gimió, supo que estaba exigiendo demasiado de ambos. Él se arrodilló a los pies de la cama. Ella estaba temblando, su sexo tan mojado que brillaba. Giró el ajuste a un mero susurro. —¿Has sido mala, Jess? —preguntó. —Sí, Ryan —murmuró, su lengua corriendo a través de sus labios de una manera que lo volvió loco. —¿Necesita más disciplina? Ella vaciló, luego tragó con fuerza cuando él incrementó la velocidad del vibrador. —Sí, Ryan. —Sonó un poco preocupada, y dudó que le gustara mucho estar fuera de control. —¿Debería azotarte? Ella volvió a vacilar antes de darle la respuesta adecuada. —Sí, Ryan. —¿Quieres que el vibrador siga encendido? Él sintió su indecisión, y entonces se sorprendió cuando ella respondió con fuerza. —Sí, Ryan. Lo bajó hasta la posición más baja, luego levantó la paleta de cuero que ella había usado en él. —Estás aprendiendo a ser buena, Jess. Eso es muy prometedor. —Sí, Ryan. —Pero no estás a cargo. No vas a tentarme a que te tome, y no vas a correrte sin permiso. —Dejó que su tono se vuelva áspero—. ¿Lo entiendes? —Sí, Ryan. Apenas dejó que su propio nombre cruce sus labios antes de azotarla en el muslo con la paleta. El cuero hizo un sonido fuerte en el impacto, pero sabía por experiencia que no dolía tanto. Jess jadeó sin aliento en voz alta, sorprendida por su elección. —¿Te gusta eso, Jess?

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—Sí, Ryan. Él golpeó el otro muslo, gustándole cómo ella luchó contra su sorpresa. —¿Qué hay de eso? —Sí, Ryan. Se inclinó sobre ella y jugó con una abrazadera de pezones. —¿Quieres que me detenga? —susurró. Ella asintió con alivio. —Sí, Ryan. —Pero no depende de ti, ¿cierto? Depende de mí. Su boca se movió en silencio por un momento, y luego apretó la mandíbula. —Sí, Ryan. —Eso fue más rebelde que sumiso, Jess —le reprendió, y azotó sus piernas varias veces. Ella se asustó un poco, justo como él había esperado. Luchó contra sus ataduras, pero él la había asegurado bien, no podía escapar y tampoco podía hacerse daño. Ella sacudió la cabeza, con los dientes apretados. Placer y dolor, había dicho. En un impulso, Ryan sacó una abrazadera de pezones, se inclinó y atrapó el tenso pezón en su boca. Lo besó y chupó, sabiendo exactamente lo que le gustaba, manteniendo ese pecho acunado en su mano. Ella arqueó la espalda, se estremeció, y luego gimió desde las profundidades de su alma. Y con un estremecimiento largo, él sintió que dejaba de resistirse. Se entregó a él. Completamente. Ryan desató rápidamente sus tobillos y le dio la vuelta. Él la instó a arrodillarse en medio de la cama, con las rodillas muy separadas y el peso apoyado en sus codos. Ese perfecto culo suyo quedó en el aire, justo donde él quería. Bajó la velocidad del vibrador a un zumbido bajo y pasó su mano sobre el trasero de Jess. —Eso estuvo muy bien, Jess. Voy a terminar de azotarte. —Sí, Ryan. —Levanta el culo tan alto como puedas. Quiero que des la bienvenida a cada golpe. —Se inclinó aún más para rugir en su oído—. Y no hagas ni un sonido.

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Jess se estiró de manera que su espalda se arqueó. Ryan echó un vistazo a la vista atractiva ante él y supo que iba a azotarla otra vez al tener oportunidad. Su trasero era tan suave y perfectamente formado. Amó el sonido del chasquido del cuero contra ella, y la forma en que se sonrojó un poco más con cada golpe. Jess jadeaba pero evitó gritar, y él podía oler el calor de su sexo. —Las rodillas más amplias —dijo antes del quinto golpe y ella hizo lo que le ordenó—. El culo más alto —ordenó ante el décimo, y ella inmediatamente obedeció— . Ahora cuenta en voz alta conmigo —instruyó. Estaba rosa y caliente, su piel temblorosa y su sexo goteando para cuando llegó a diez. Pero ella no había hecho ni un otro sonido más allá de los que él le había ordenado que hiciera. Contaron hasta diez juntos y Ryan no sabía quién estaba más excitado. Él estaba volviéndose loco con su necesidad de poseerla y Jess estaba jadeando. —Muy bien, Jess —dijo, después de haber trabajado hasta sudar. Se movió detrás de ella, y se obligó a recordar sus reglas. Atrapó sus caderas en sus manos, y presionó su polla dura contra su trasero. Jess gimió y arqueó su espalda, frotándose contra él en un movimiento repentino que lo sorprendió. Ryan no pudo soportarlo. Se sintió perdido contra el calor del deseo que lo atravesó. Se corrió con una fuerte oleada caliente que lo dejó mareado y su esperma por toda su espalda. Esta era la mujer que amaba, y una vez más estaban en sincronía. Por eso no podía resistirse a ella. Para cuando Ryan recuperó el aliento, fue consciente de Jess retorciéndose y supo que tenía que jugar limpio. Él la arrojó sobre la espalda, y abrió sus muslos con sus manos. Amaba la forma en que ella anticipaba sus movimientos, la forma en que ella confiaba en él, cómo su ritmo en conjunto había quedado restaurado. Ella se estiró sobre la espalda y abrió los labios, una vez más, haciendo un espectáculo visual de sí misma. —Has sido muy buena, Jess. Ella se estremeció, como si no supiera si habría más castigo. Ryan tenía una sorpresa para ella. —Voy a cambiar las reglas y te daré una recompensa —susurró contra su estómago. Desató las correas elásticas, empujó el vibrador a un lado y se inclinó para devorarla.

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Jess trató de aguantar. Ryan sintió la lucha dentro de ella y oyó el estruendo de su corazón. Pero él solo la había acariciado durante unos momentos cuando ella se corrió con un fuerte torrente, estando a punto de ahogarlo bajo el poder de su liberación.

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J

ess despertó a la mañana siguiente con una sonrisa. No solo se estaba sintiendo muy bien sobre el futuro, sino que además el calor de Ryan estaba a su lado en la cama, justo donde debía estar. Se sentía extraordinariamente bien.

Se acurrucó más cerca de Ryan y él se envolvió alrededor de ella, acariciando su cuello. Jess sonrió ante la sensación de su bigote en su piel. —Tienes que afeitarte —murmuró. —Allí vas, teniendo la última palabra de nuevo —se quejó Ryan con su habitual buen humor. Él la besó rápidamente, entonces alcanzó la mesita de noche por encima de ella. La pequeña mariposa estaba allí—. Supongo que tus lecciones no han acabado. Jess miró desde el vibrador hasta sus ojos chispeantes. No le gustaba esto en absoluto. La idea era excitante, pero la realidad era que tenía un montón de cosas que hacer, y una entrevista con esa periodista. —Pensé que estabas bromeando acerca de llevarlo durante el día. —No es una broma. Date prisa y dúchate. Tengo que encerrarte antes de encontrarme con mis padres. —Ryan la besó a fondo, y entonces, se cernió sobre ella mientras le sonreía—. Van a pensar que estás sonrojada porque eres una novia ruborizada, pero ambos lo sabemos mejor. —No puedes hacer eso —protestó Jess—. La gente no se hace esto el uno al otro. —Pero nosotros lo haremos —insistió Ryan, besando la punta de su nariz—. Lo harás, porque quieres convencerme que nuestro matrimonio será equilibrado. —Esto no es equilibrado. Este eres tú diciéndome qué hacer. —Mi turno para estar a cargo. Tú lo has estado mucho últimamente. —Sus ojos brillaron—. Estoy pensando que estaré a cargo hasta el jueves por la noche. —Vamos a intentarlo después, tal vez la próxima semana cuando todo esto haya terminado.

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Ryan le dio una mirada. —¿Te tengo que castigar de nuevo? —Pero… —Sin peros, Jess. Solo mueve tu culo o también te haré usar la crema. Jess quería discutir, pero Ryan sonrió. Ella había empezado algo, eso era seguro, y él lo estaba amando. ¿Tener su atención podría ser tan malo? Ryan salió de la cama y se dirigió al cuarto de baño, silbando mientras balanceaba el vibrador de una de sus correas elásticas. Se paró junto al armario y sacó uno de sus vestidos, uno que sabía que a él le gustaba particularmente. —Hoy, éste —dijo antes de desaparecer en el baño. Jess tamborileó sus dedos contra el colchón mientras contemplaba la cabaña sin verla realmente. No se iba a convertir en la pequeña esposa diligente de Ryan y obedientemente haría todo lo que su marido le dijera que haga. Entendía su punto sobre restaurar el equilibrio en su relación, pero ponerle a cargo a él en lugar de ella era solo otro desequilibrio diferente. Ryan se asomó por la puerta del baño y le guiñó un ojo. —No me asomé en el armario ni vi tu vestido de novia, si estás preocupada por la mala suerte. Jess no estaba preocupada por la mala suerte. Estaba preocupada por arreglar su relación justo antes de que fuera demasiado tarde. Salió de la cama con un objetivo y se dirigió hacia el sonido del agua corriendo en la ducha. Era hora de una negociación, una que incluso sería el terreno de juego.

Ryan miró por encima del hombro cuando Jess apareció en la puerta del baño, y notó cómo su expresión estaba llena de propósito. La ducha era grande y tenía paredes de cristal. Él justo había estado admirando el banco construido a un lado, pensando que podría ser muy útil cuando Jess apareció.

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Para su sorpresa, ella se detuvo en el tocador. Se puso ese lápiz de labios rojos mientras él observaba, sus movimientos pausados. Verla acicalándose hizo que su pene se pusiera al instante duro. Ella se secó los labios y aplicó la barra de labios de nuevo, teniendo mucho cuidado con los bordes. Ryan estaba paralizado. Jess posó y frunció sus labios, abriendo su boca y mordiendo su labio inferior, corriendo sus manos por su cabello. No cepilló su cabello, solo lo dejó suelto y salvaje. Comprobó sus pechos e hizo una pequeña mueca ante el color rosado de sus pezones resultado de las pinzas, entonces los masajeó por sí misma. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, ronroneando de placer. Como si fuera ajena a su presencia. Pero no lo era y Ryan lo sabía. Largos momentos más tarde, ella encontró su mirada en el espejo y sonrió, una seductora que sabía exactamente cómo volverlo loco. Cuando se volvió para encararlo, la polla de Ryan ya estaba gruesa y dura, lista para ella. Jess abrió la puerta de cristal y entró en el interior vaporoso de la ducha. Sus ojos brillando a medida que acorralaba a Ryan en una esquina, luego tomó su cara entre sus manos. —Vamos a hacer un trato —susurró ella, sus pechos aplastados contra su torso. Antes de que él pudiera responder, se estiró y le dio un beso. Su beso fue más salvaje y caliente que lo habitual, un beso apasionado que tendía a anular por completo cualquier pensamiento coherente de su mente. Funcionó a la perfección. Sus manos estaban cerradas alrededor su pequeña cintura y el agua estaba cayendo sobre ellos, uno de sus dedos del pie deslizándose hacia arriba por su pierna y su lengua enredándose con la de él. Podía oler su perfume y el aroma de su coño, sentir su suave piel presionarse con la suya y las duras baldosas contra su espalda. Su pene estaba duro entre ellos, presionando contra su estómago, y él supo en ese momento que ninguna liberación lo satisfaría si no se enterraba profundamente dentro de ella. Ambos llegando a la vez. Ryan no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado cuando Jess rompió su beso. Ese pintalabios manchado, su cabello parcialmente mojado, sus labios hinchados y sus ojos resplandeciendo. Ryan abrió su boca pero ningún sonido salió. Ella deslizó sus manos sobre él con una comodidad posesiva, le echó una mirada juguetona, y entonces se puso de rodillas delante de él. Él sabía lo que iba a hacer antes de que su boca se cerrara sobre él. —¡Jess! ¡Tengo que encontrarme con mis padres!

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Ella corrió su lengua por encima de él, liberándolo por un momento, y le sonrió. —No seré la única saludando nuestros huéspedes con un brillo rosado. —Ella acarició sus testículos, esos finos dedos apretando solo lo suficiente—. No seré la única con algo en mi mente. —Entonces lo tomó en su boca de nuevo y no hubo nada que Ryan pudiera decir en protesta. Ella estaba a cargo, y él lo amó. Se echó hacia atrás en la esquina de la ducha y se entregó a su caricia, sabiendo que no le llevaría mucho tiempo para perder el control.

—Y aquí viene la pareja feliz —dijo Mark. Steve solo gimió y se frotó las sienes, luego vació un vaso de zumo de naranja. Habían tenido alguna fiesta épica la noche anterior, pero Mark pensó que había sido más aburrido sin Ryan. Tal vez solo estaba irritable. Nunca había tenido una racha de mala suerte con las mujeres en toda su vida. Steve dijo que Kade y Fiona lo habían hecho, a pesar de que Fiona lo negó. Kade nunca mentía e incluso la idea de que él hubiera conseguido tener sexo, cuando Mark no había conseguido nada, era molesto. Ryan saludó en su dirección, y entonces, Jess y él fueron a sentarse con su madre. —Simplemente no está bien —se quejó Mark—. ¿Qué hay de la amistad? —Es más que beber juntos —aventuró Darren. Mark resopló. —Por supuesto que lo es. Se trata de evitar que alguno de nosotros cometa grandes errores. —Hizo un gesto a la pareja con el tenedor—. ¡Míralos! Ella está regodeándose de tenerlo bajo su meñique, sacándolo del mercado de solteros. Es como un cachorro entrenado. —Mark sacudió la cabeza—. Te lo digo, no hay ningún coño que valga la pena para renunciar a tu libertad por siempre. Simplemente no puede valer la pena.

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—Ah, el soltero empedernido —murmuró la camarera y los chicos alzaron la vista como uno. Era menuda con el cabello oscuro y una mirada conocedora en sus ojos. Era la que le había dado un mal rato el día anterior—. Una especie familiar — añadió y sonrió a Darren—. Golpean más fuerte cuando caen. Darren se echó a reír. Mark se estremeció. —¿Qué sabes al respecto? —Por lo general ves mucho en un complejo como sede de tantas bodas. ¿Terminaste con ese plato? Mark la miró de arriba abajo. Era linda, pero él solo la había visto en el restaurante. —No trabajas en el bar. Ella rio. —No si puedo evitarlo. —¿Por qué no? Las propinas serían mejor. —Los clientes beberían más, solo para hacerle volver a su mesa. Mark conocía todos los trucos y ella era muy bonita. Si fuera por él, nunca la dejaría trabajar en el restaurante. —Demasiados lobos a la caza —respondió con un encogimiento de hombros—. Prefiero mi sueño rejuvenecedor. —Entonces, es por eso que eres tan bonita —dijo Darren, con una oleada rara de encanto. Ella sonrió genuinamente. —Gracias por eso. Casi compensas los llamados modales de tus amigos. —También pienso que eres linda —contribuyó Steve y ella rio. —Gracias a los dos, pero no imagines que te voy a recompensar con algo más que un plato limpio para el buffet. Se volvió para alejarse, con su bandeja cargada. —¿Cuál es tu nombre? —llamó Darren y ella miró hacia atrás. —Laura —dijo, sonrió, y luego volvió a trabajar. —Laura —dijo Darren con satisfacción.

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—No te engañes —le informó Mark—. Jamás podrías ser tan afortunado. —Sin embargo, observó a Laura irse, y se preguntó si podría tener la misma suerte.

Jess se sintió perversa al estar usando el vibrador mientras Ryan y ella bajaban a desayunar juntos. Esa pequeña mariposa se encontraba presionada justo contra ella, liberando un zumbido periódico que la mantenía húmeda y lista. Ryan echó una mirada lúdica de vez en cuando en su dirección, y se sentó justo a su lado en el desayuno, su mano aterrizando sobre su rodilla a intervalos. Jess estaba encantada, no solo por el vibrador y el juego, sino con su sentido de equipo. El último encuentro había suavizado la determinación de Ryan, dejándolo encantador y tolerante de nuevo. En lugar de ordenarle que se ponga el vibrador, habían acordado sobre eso. Así era como Jess veía que procediera su relación y finalmente se sentía confiada por estar haciendo lo correcto. Habría un ensayo general y una cena de ensayo esta noche, y no tendría que fingir estar feliz. Se sentaron con su madre y todo fue sencillo, aunque se estuviera retorciendo con el movimiento del vibrador. Ryan se inclinó para darle un beso antes de irse para encontrarse con sus padres al llegar del aeropuerto. Jess cerró los ojos de placer al momento que él la besó justo en el punto sensible debajo de su oreja, y luego casi se desmaya cuando subió la intensidad del vibrador. Ella le sonrió, sabiendo que tendrían que aliviarse el uno al otro antes de la cena de ensayo. Luego Ryan se fue a grandes zancadas, y ella lo observó irse con afecto. —Bueno, estoy contenta de ver que ustedes dos han solucionado cualquier problema de última hora —dijo la madre de Jess—. Estoy pensando que deberíamos ir al spa hoy, querida. Eso daría a Ryan algún tiempo con su familia, y también podría relajarte. —Esa es una buena idea, mamá —dijo Jess, sintiéndose tan satisfecha y feliz que prácticamente accedería a casi cualquier cosa. Tenía una lista de cosas por revisar y una entrevista que hacer con la periodista, pero tenía una confianza renovada de que todo iría bien.

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Ryan había esperado algunos comentarios de sus padres, y no estuvo realmente sorprendido que la censura comenzara casi tan pronto como su familia estableció un pie en el complejo. Tan pronto como su hermana más joven, Aislinn, susurró que era hermoso, supo que estaba en un lío. —Es necesario un cierto tipo de novia para esperar que todos gasten tanto dinero para asistir a su boda —resopló su madre. —La gente de la ciudad tienen ideas diferentes a las nuestras, Maureen —dijo su padre, su tono igual de desaprobador. —Les dije que no tenían que venir —protestó Ryan—. Lo habría entendido. —¿Y qué habría pensado su familia de nosotros? —exigió su madre—. ¿Ni siquiera asistir a la boda de nuestro hijo mayor? —¡Y está en el periódico! —dijo Sheila—. He estado leyendo el blog acerca de las preparaciones. ¡Eres famoso, Ryan! —Espero que no. —Vamos, es genial. Se lee como un cuento de hadas —declaró su hermana menor Moira—. Tan romántico. —Y tan rentable para tu prometida —musitó su mamá en un susurro. —¿Tienen servicio de internet en este lugar? —preguntó Sheila, sacando su celular—. Porque quiero ver la entrada del blog de hoy. —¿Te suscribiste a eso? —demandó Ryan—. Pudiste solo preguntarme. Sus hermanas rieron al unísono. —Como si supieras algo sobre ello —se burló Moira. —Y Jess está ocupada —añadió Aislinn. —¡Encontré la conexión Wifi! —dijo Sheila y las hermanas se apiñaron para ver el celular. Ryan le dijo la contraseña para ingresar y ella le sonrió cuando se conectó. —Tienes muchos correos por revisar —se quejó Moira. —Tengo más amigos que tú.

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—Ya casi está listo —musitó Aislinn. —La ciudad entera está viendo la historia —dijo su madre, su tono ácido—. Imagínate a los vecinos sabiendo más sobre la boda de mi hijo que yo misma. Ryan se refrenó de sugerir a su mamá que pudo haber seguido el blog. —Se supone que tú solo debes asistir y disfrutarlo —dijo, en cambio. —No debiste poner a tu madre en esta posición —dijo su padre. —Estaba pensando en Jess —dijo Ryan con firmeza—. Fue mi idea que ella use la boda para promover su servicio a las novias. —¿En serio? —inquirió Aislinn— ¡Eso es genial! —Es lo que ella hace —dijo su hermano Quinn tranquilamente. —Y pensarías que ella haría el mejor trabajo posible para sí misma —añadió Moira. —Ella nunca esperó que la periodista escogiera la historia —dijo Ryan—. Pero creo que podría resultar bien para ella. —Yo creo que es maravilloso —dijo Sheila con entusiasmo—. Mostraron las flores, los vestidos y la playa. Va a ser perfecto. —También un montón de seguidores —musitó Aislinn. —Y Jess se ve tan organizada. La contrataría en un minuto —dijo Moira. Los padres de Ryan intercambiaron una mirada furiosa. —¡Oh, mira! ¡Se está descargando! —Aislinn se acercó más. Sus padres fruncieron el ceño al mismo tiempo. —Pensaría que el sueño de una novia implicaría pasar su vida con el hombre que amaba —dijo el padre de Ryan—. Sin importar cómo o dónde fueran a casarse. —Pensaría que mi hijo mayor sería más que un sueño para cualquier mujer — resopló su madre, y Ryan supo que sería un largo día. —Y yo pensaría que apoyar a mi novia y prometida sería exactamente lo que ustedes esperarían de mí —musitó Ryan firmemente—. Siempre dijeron que tu esposa viene primero y yo creo eso. —No estarías casándote con ella de otra forma —dijo Moira con una sonrisa.

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—Así es —acordó Ryan—. Somos compañeros. Ayudar a que su negocio triunfe viene en el lote, igual como cuando ella me espera despierta cuando me llaman al trabajo. Miró duramente a sus padres y ambos apartaron la mirada. —Vamos, déjenme mostrarles los alrededores —dijo con falsa alegría—. Pensé que todos podíamos ir hoy al restaurante a punto para el almuerzo. Dicen que es muy bonito, con la vista al agua, y que la comida es buena. —Oh, Dios mío —farfulló Sheila, su boca cayendo abierta a medida que miraba lo que aparecía en su teléfono. Quinn y Patrick miraban sobre su hombro y Quinn comenzó a reír. —¿Qué está haciendo Ryan? —preguntó Patrick, el bebé de la familia. —¡Está destrozando todo! —dijo Sheila. Ryan tuvo un muy mal, mal presentimiento. Cuando Sheila le pasó el celular, ese presentimiento solo se puso peor. Tenía que hablar con Jess antes de que viera esto.

Mark estaba bastante seguro que ésta tenía que ser las peores vacaciones de su vida. No había tenido suerte ni una vez, lo cual debía ser alguna clase de record. Había pensado que podía conseguir a Fiona, pero ella se había ido con Kade, de todas las personas. La linda dama de honor lo había ignorado. Las meseras lo trataban como si él hubiera tenido la peste. Y había fallado completamente en convencer a Jess de que Ryan le había sido infiel. Los felices días de soltería estaban llegando a un brusco final, y a Mark no le gustó ni un poco. En la forma en que lo veía, bien podría comenzar a beber temprano. No era como si iba a necesitar ser capaz de parar, no en este lugar. —Entonces, el gran plan falló —dijo una mujer detrás de él, cerca, y él se quedó mirándola fijamente—. Un punto para los chicos buenos. Era la mesera, la habladora. Laura.

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Era una maldición que recordara los nombres de las mujeres, incluso cuando no estaban interesados en él. —No sé de qué estás hablando. —Tu gran plan de solo compartir una fracción del dinero. —Laura puso los ojos en blanco al ver su mirada de soslayo—. Eso de verdad es una cosa bien jodida. ¿Bien jodida? —¿Cómo te enteraste de eso? —Tengo oídos —dijo sin emoción. —Pero… —Oh, por favor. Ni pienses en hacerte el inocente. Eres del tipo que entra por esas puertas por docenas. Vienes aquí, te follas a quien sea que esté dispuesta porque te hace sentir como un hombre. No piensas en las consecuencias. Crees que eres tan guapo que las reglas no se te aplican. Qué buena vida. Muy admirable. —No recuerdo haberte pedido tu opinión. —Bueno, la tienes gratis. Bien por ti. La observó, oyendo la dureza en su tono. —Parece que es algo personal. —Quizás alguna vez hace tiempo, lo fue. —Ella le lanzó una mirada—. Ahora es solo una cuestión de principios. Espera un segundo. Laura sabía. Ella había hecho alguna cosa para arruinar sus oportunidades con Alanna. —Espera un minuto —dijo Mark—. Tú estuviste ahí, cuando hablábamos de la apuesta. Laura asintió. —Cuando demostraron ser un grupo de fantásticos caballeros. —Puso sus ojos en blanco y amontonó los vasos en su bandeja. —La camarera, esa curvilínea… —Alanna. Se llama Alanna. Oh, supongo que eso no era importante, ¿cierto? —Alanna estaba interesada en mí hasta entonces, luego comenzó a ignorarme.

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—Dios, me pregunto por qué. —Laura lo miró directo a los ojos, después alzó su bandeja y se giró para irse. —¡Tú hiciste algo! —gritó tras ella. —Quizás —dijo riendo—. Quizás me aseguré que obtengas lo que te mereces. Eso es todo. —Y se fue, con sus caderas balanceándose. Mark no podía creerlo. Escaneó el bar, esperando obtener un trago, pero todas las camareras lo ignoraron. Era como si fuera invisible, pero ahora al menos sabía quién era la responsable de eso. Fue a la barra y ordenó directamente al barman, pensando intensamente. ¿Qué le había dicho Laura a las otras mujeres? Sea lo que fuera, él no iba a hacer que cambien de opinión. Lo que significaba que Laura era la única mujer que le hablaba. Tal vez quería quedárselo para sí misma. Mark se giró para observarla al otro lado del restaurante. Era preciosa. Era inteligente. Y no tenía miedo a desafiarlo. A Mark le gustó eso. Le gustó mucho.

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Para la hora del almuerzo, Jess estaba preguntándose cuál era el índice de alfabetización en este complejo en particular. Las flores no eran las que había pedido: trataron de convencerla que había ordenado lirios cuando sabía muy bien que había ordenado rosas. Los lirios eran para los funerales. Las rosas para las bodas. La florista del complejo insistía en que los lirios se verían hermosos. La cocina había sustituido el pollo por pescado para la cena de la boda, aunque la mamá de Jess no podía comer pescado y los padres de Ryan no comían pescado. El costillar de primera calidad que había elegido era evidentemente producto de su imaginación. Y aunque ella misma había redactado el contrato, el chef y el gerente del servicio de comida profesaron que ignoraban la existencia del documento, diciendo algo en español que Jess no pudo entender. El chef pareció ofendido de que Jess no quisiera su entrada de pescado. Él quería servir ceviche como aperitivo. Jess solo podía imaginar la reacción de ambas familias al marisco crudo, pero no hizo ningún progreso en ganarse el consentimiento del chef.

—Es como si tuvieran su propio plan para la boda —murmuró Christine, con tono compasivo—. Y vamos a descubrir qué es cuando lo obtengamos. —No puedo dejarlos hacer esto —dijo Jess—. La familia de Ryan ya está molesta por tener que haber venido hasta aquí. Esperaba que al menos tuvieran una cena que encontraran memorable. —Supongo que todo lo que recordarán será el ceviche —dijo Christine con una sonrisa. —Y yo escucharé sobre el tema el resto de mi vida —dijo Jess, tratando de controlar su temperamento—. Para colmo le di el menú a esa reportera. Escribirá que no me dieron lo que ordené. No había señales del sacerdote, que tenía que llegar esta mañana en el mismo vuelo con los padres de Ryan. A Christine le tomó siglos conseguir comunicarse, solo para descubrir que el sacerdote estaba en cama con gripe y que no estaba en condiciones de hacer el viaje. Evidentemente, le había dejado mensajes a Jess en su casa y en la tienda, y lo sentía mucho. Jess se esforzó por tranquilizarlo, aunque estaba preguntándose a quién persuadirían para oficiar la boda. Fue después de un fallo de conexión que se dio cuenta de otro problema. —¡Él tiene los anillos! —le dijo a Christine. Christine se dejó caer en la silla. —¿No los tenía Jake? —No. La madre de Ryan quería que los bendijera su sacerdote, así que Ryan se los dio a su papá. Él los buscó la semana pasada cuando estuvo en casa y se los dio a nuestro sacerdote cuando fuimos a la iglesia el sábado pasado. Pensó que sería más simple. —Uuups —dijo Christine. Le dio a Jess una palmadita en el hombro—. Está bien. Son los votos los que cuentan. Jess quería estar de acuerdo, aunque estaba observando a su boda de ensueño desintegrarse en un caos justo frente a sus ojos. —Vamos a revisar la playa. Estaba previsto que la boda fuera en una sección de la playa al anochecer, el área iba a estar acordonada y la limpieza de algas ya debía de estar en marcha.

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Cuando llegaron al lugar, Jess miró fijamente las redes de vóleibol adheridas en la arena. Se estaba jugando un estruendoso partido y música rap retumbaba de un radiocasete. —Esto no estará aquí el jueves, ¿cierto? —le dijo a la mujer que era su contacto en el complejo. —Siempre está aquí. —¿Hablas en serio? —La parte de aquí es para la boda —explicó la mujer—. Pero nuestros otros huéspedes también usan la playa. Esto estaba en el contrato… —¡Pero están justo al lado nuestro! Y tienen música a todo volumen. —Ustedes no son los únicos huéspedes en el complejo… —¿No podrían detenerse por una hora? Los ojos de la mujer se estrecharon y Jess ya no pudo soportarlo. Se le había agotado la diplomacia. Christine debe haber visto su rostro. —Tienes otra cita, ¿cierto? —dijo su dama de honor con una sonrisa—. Intentaré resolver esto, porque no te ocupas de aquello. —¡Gracias! —dijo Jess y lo dijo en serio. Se dio la vuelta y caminó de regresó a la barra, pensando que una bebida aliviaría su tensión. Ordenó y se obligó a enumerar las cosas que estaban yendo bien. Estaba el vestido, la perfección en sí misma. Y estaba Ryan. Tenía que recordar lo que era importante. Incluso si esta ceremonia se estaba desmoronando en las uniones. Acababa de ordenar una bebida cuando la periodista a cargo del blog la saludó desde su posición elevada sobre un banquillo en la barra. —Ahí está la ruborizada novia. —Levantó su teléfono y tomó una fotografía de Jess, quien estaba muy lejos de su mejor aspecto—. ¿Lista para esa entrevista? Jess apretó sus dientes cuando sonrió. —Lo siento, tendrás que disculparme. Es un día muy ocupado y todavía tengo muchas cosas que hacer. —Oh bueno, tal vez después.

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—Sí —accedió, levantando su bebida—. Espero que te veamos en la cena de ensayo. —Solo una pregunta: ¿boda de ensueño o pesadilla? —El jurado todavía está deliberando —murmuró Jess en voz baja—. Cada sueño se vuelve realidad, por supuesto —dijo en una voz más alta. La reportera lució ladina. —Entonces supongo que no has visto la publicación de hoy. Ese no sería mi sueño. —Sin suerte —murmuró Christine detrás de Jess, luego contuvo su respiración—. ¿Qué sucedió ahora? Jess levantó la mirada para ver a Ryan acercándose rápidamente, su expresión una preocupada. Tenía un teléfono celular en su mano. —Tenemos que hablar —dijo él—. Puedo explicarlo. La reportera sonrió y tomó otra fotografía de Jess. Oh, no.

La publicación del blog iba sobre la despedida de soltero. Titulada “¿Boda de Ensueño o Pesadilla?”, la publicación presentaba fotografías de la despedida de soltero y una historia sobre la apuesta. La mayoría de las fotografías eran de Ryan. Él no recordaba algunas de ellas. No eran las mejores tomas de él que alguna vez hubieran sido tomadas, aunque sospechaba que mostraban los pechos de las strippers particularmente con buen detalle. La apuesta era explicada en lascivos detalles, con una barra lateral de candentes tomas de los otros chicos. En su publicación del blog, la periodista había especulado en quién podría ganar los honores. No era exactamente la cobertura que Jess había estado esperando tener. Ryan no podía culparla por estar decepcionada.

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Se retiraron hacia su cabaña y él trató de explicarse. Ella no gritó ni gruñó. Lloró, un montón, lloró como si la estuvieran exprimiendo. —Tal vez algo bueno saldrá de ello —dijo él, tratando de sonar alentador. —No es exactamente mi objetivo de mercado —respondió, limpiándose sus lágrimas. —Bueno, tal vez los chicos que siguen el blog tengan prometidas. Tal vez simpatizarán contigo. Jess le dio una mirada y tuvo que admitir que era algo poco probable. Luego suspiró. —¿Eres una de esas personas que piensa que toda publicidad es buena publicidad? —No, pero estoy empezando a pensar que soy un terrible consultor de marketing. Tal vez deberías comprar por otros lados. Para alivio de él, ella sonrió, solo por un momento. —Lo siento, Jess. No era mi intensión avergonzarte. —Tomó las manos de ella en la suyas—. No soy el primer chico que bebe en su despedida de soltero. —Lo sé. Tampoco eres el primero del que sus amigos se aprovechan. —Dejó salir un suspiro—. Pero podrías ser el primero en haber aparecido en el blog de un periódico haciéndolo. Desearía que hubiéramos tenido alguna idea sobre lo que esta reportera había planeado. Pensé que podría poner un pequeño párrafo o algo cuando enviamos el comunicado de prensa. —Bueno, probablemente piensa que de esta manera está obteniendo una historia. Jess hizo un mohín. —Y haciéndonos lucir como unos idiotas. —Sí. —Frotó la mano de ella—. Mi mamá está furiosa. —Lo apuesto. —Se iluminó—. Tal vez no logren tanto éxito con el blog como para que se quede hasta la boda. Ryan sacudió su cabeza. —No lo creo. Sheila dijo que se ha vuelto viral. Jess puso sus ojos en blanco y se inclinó hacia delante, poniendo su rostro en sus manos.

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—Y por supuesto, todas las cosas están saliendo mal. Es como si nuestra boda estuviera maldita. Nunca tendré otra reservación de nuevo, si esto está en ese estúpido blog. —Se estiró y agarró la mano de él una vez más—. Al menos estás aquí. Y llegó el vestido. Hoy tomaré mis victorias donde pueda encontrarlas. Solo sostenme esta noche y estaré bien. Ryan tragó fuerte. —Mira, tengo que decirte algo. Ella le dio una mirada. —Algo bueno o algo malo. Ryan hizo una mueca. —Mamá está haciendo un escándalo por el hecho de estarnos quedando juntos antes de estar casados. Jess miró en su dirección con sorpresa. —Vivimos juntos. —Lo sé, pero mis padres son del tipo de la vieja escuela. —¿Y eso es un problema aún cuando hemos estado teniendo sexo por meses y podríamos tener sexo en las cuarenta y ocho horas antes de prometer estar juntos por siempre? —Sé que es tonto, pero está realmente como loca… —Podrías decirle sobre nuestro trato. —No creo que saber sobre el bondage mejore su humor —dijo Ryan, tratando de hacer un chiste. La sonrisa de Jess se fue más rápido de lo que le habría gustado. —Probablemente no. —Son las apariencias. Ella podría haberlo dejado pasar, si esa periodista no estuviera aquí. Pero de esta forma, cree que todos en casa lo sabrán. —Y ya está molesta. —La mano de Jess se apretó sobre la de él y suspiró—. Así que, no vas a aquedarte aquí las próximas dos noches. —Su tono era desolado. —Solo estoy tratando de mantener todo en equilibrio. Solo son dos noches, Jess… —¿No te gustaron nuestros juegos?

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—Me encantaron. —Le sonrió—. Y te amo. Solo creo que sería más fácil para los dos en un futuro, si hacemos esta cosa. Irse por el lado malo de mi madre no es una buena idea. —Lo sé. Y no quiero. —Hizo un puchero—. Pero es realmente difícil, Ryan. Me gustaría solo ser capaz de acurrucarme contigo esta noche. —Lo sé. Y yo también. Solo se pondrá mejor. —Si no se pone peor antes. Había una nota en la voz de ella que atrapó su atención. —¿Qué estás diciendo? —Solo empiezo a preguntarme si cuando algo es así de difícil es correcto hacerlo de todas maneras. —Sonaba devastada, no como su optimista Jess probablemente podría. El universo de Ryan se desplomó. —¿Qué? —Todo está saliendo mal. Todo ha estado saliendo mal desde que decidimos casarnos. Quizás es demasiado pronto. —Liberó una mano con obvia desesperanza —. No puedo dejar de preguntarme si estamos cometiendo un error. —No. El error fue permitir que ese blog periodístico siga la boda —dijo Ryan con fuerza—. No somos un error. —¡Entonces por qué algo no puede salir bien? ¿Por qué nada puede salir bien? Siento que el universo está intentado advertirnos. —Empujó su mano por su cabello—. Siento que deberíamos detenernos y volver a pensar esto, devolvernos a vivir juntos y comprobar esto en otro año. Ryan no iba a aceptar eso. —No creo que sea una buena idea —dijo con resolución—. Te amo, Jess, y creo que tú me amas. Eso no va a cambiar en un año. Necesitamos resolver esto juntos. —Estás realmente seguro. —No me enamoro todo el tiempo. —Sonrió Ryan. Jess miró a lo lejos. —Ni yo —dijo en voz baja y Ryan temió haber perdido todo.

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—Es una prueba, Jess. —Sabía que tenía que convencerla—. Algunas veces cuando quieres algo de verdad, todo conspira contra ti, como si el mundo estuviera comprobando lo mucho que lo quieres. Lo miró escéptica. —Eso nunca me ha pasado. —¿En serio? Me sucede todo el tiempo —dijo tristemente. Le lanzó una mirada de reojo. —¿Estás tratando de hacer que me sienta afortunada otra vez? —Quizás. Quizás nunca quisiste algo lo suficiente. ¿No quieres luchar por esto? Ella miró sus manos con la duda clara en sus ojos. —Pero todo lo que hago es pelear por esto. —Es solo una ceremonia, Jess. Lo que importa es que estaremos juntos… —¿Solo una ceremonia? —repitió—. ¿Solo una ceremonia? —Ahora estaba furiosa—. Las bodas son todo mi negocio. Son toda mi vida. No solo un detalle. Tienen que salir bien. Las bodas son sobre el comienzo de una vida juntos con el pie derecho. Son sobre alianzas, rituales y balances. Son un símbolo. Son sobre todo lo que importa en una relación. Fijan el tono para el futuro. Y cuando una boda sale mal, tiene que ser una mala señal. —Lo miró fijamente—. Si esta boda sale mal, con esa periodista aquí, podría liquidar mi negocio. ¿Cómo sería eso algo bueno? —No —discutió Ryan con vehemencia. Por un lado, no podía creer que estuvieran teniendo su primera gran pelea justo antes del ensayo para su boda; por el otro lado, esto era algo que ellos tenían que enderezar—. La ceremonia es solo un espectáculo. ¿A quién le importa qué infiernos comes en la cena de la boda? —¡A mí! ¡A los invitados! —¡Es solo una comida! Lo que realmente importa es cómo se siente la pareja el uno con el otro. Lo que realmente importa es que hacen un compromiso el uno con el otro, para cuidarse sus espaldas. —Estás confundiéndome con tus compañeros de trabajo. —No, es la misma cosa. La vida de nadie sale a la perfección. Todos tienen cosas que salen mal, y retos que enfrentar. Nosotros también los tendremos. —No si puedo evitarlo. Me gusta que todo vaya de acuerdo al plan.

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—Bueno, no puedes planear todo, Jess. Hay cosas que nos van a suceder, y que no siempre serán lo mejor. Si somos pareja de verdad, superaremos esos momentos juntos. —Pasó su mano por su cabello, y bajó la mirada a la lista de cosas por solucionar de ella—. Tal vez mira esto como un desafío, una prueba de cómo trabajaremos bien juntos. Jess atravesó la habitación con su espalda erguida. —Lo estoy viendo como un desafío, de acuerdo, pero lo que está pendiendo de un hilo no es solo mi negocio, es nuestro futuro. —¡No puedes querer decir eso! No puedes decidir no casarte conmigo porque… —escaneó la lista—, hay solo lirios en vez de las rosas que ordenaste. —¿No puedo? —Eso sería estúpido, y no eres estúpida, Jess —¡¿Estúpida?! —Se giró hacia él con furia—. ¿Acaso algo de esto te importa? —Solo porque te importa a ti. Quiero casarme con la mujer que amo. —Ryan levantó una mano—. El resto son solo detalles. —Detalles —repitió Jess furibunda—. ¡Detalles! Bien. Vamos a asistir al ensayo general y la cena de ensayo. Y salió de la cabaña sin esperarlo. Ryan observó el espacio y tomó un par de respiraciones profundas. En silencio, se felicitó por joder las cosas tan, tan bien. Eso es lo que obtenía por decir lo que pensaba, por tratar de tranquilizarla. Sabía que Jess estaba molesta, sabía que estaba a punto de perderla, así que él la había empujado sobre el borde del precipicio y lanzó todo a un interrogante. Fantástico. Él había querido que ella se concentrara en el amor que compartían y pusiera sus prioridades en orden. Sin importan cuán mal fuera la ceremonia, todavía estarían casándose la noche del jueves y eso era lo más importante. En lugar de convencerla de su punto de vista, que podría haberla ayudado a relajarse un poco, le había hecho pensar que no valoraba lo que ella hacía o cuánta alegría generalmente obtenía al hacerlo. Así que, tal vez él solo era otra parte del plan yendo mal. Ryan vio entonces que Jess se había dejado su lista, aquella que hacia el recuento de todos los faltantes en los preparativos.

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Dudó solo un momento antes de metérsela en su bolsillo. Tal vez si él podía arreglar algunos detalles, ella se sentiría mejor con todo. Tenía que intentarlo.

Todo se estaba yendo por la borda tan rápido que Jess no podía mantener registro de todo. Nadie podía recordar sus lugares durante el ensayo. No solo no tenían un sacerdote o los anillos, sino que el sacerdote que estaba enfermo en cama en su casa, tenía los votos que Ryan y ella habían escrito para el servicio. De alguna manera, en el frenesí de la partida, Jess había olvidado su copia. Luego hubo un desacuerdo en la fiesta de la boda. Christine seguía dando vistazos hacia Jake, como si nunca lo hubiera visto antes en su vida. Jake ignoraba a Christine a consciencia. Tal vez finalmente se había dado cuenta que ser agradable con ella estaba dando el mensaje incorrecto. Fiona estaba lista para pelearse contra cualquiera que se atreviera a ponerse en su camino. Los padres de Ryan estaban sentados todos tensos disconformes con todo, la madre de Jess charlaba incesantemente en un intento sin éxito por reducir la tensión, y Ryan estaba tratando tan fuertemente de ayudar que Jess le habría dado un abrazo, si tan solo esa reportera no hubiera estado tomando notas y fotografías de todo. Para el momento en que terminaron el ensayo general y la cena, estaba lista para gritar. Había pasado mucho tiempo cargada de adrenalina y sin dormir, y se sentía lista para derrumbarse. Todos suponían que Ryan y ella habían tenido una pelea o la tendrían pronto. El aire podía haber sido cortado con un cuchillo. Eso es exactamente lo que Jess no quería, ahora o en el futuro. Les dio las buenas noches a todos y se dirigió de vuelta a la cabaña. Había tenido un largo baño sin prisa. Había pintado sus uñas. Había puesto algo de música y admiró su hermoso vestido. Se había enfocado en la confianza de Ryan en el futuro y trató de imaginar que éste fiasco sería una buena historia para contarles a sus hijos. Podría haberlo manejado, pero decidió primero darle un vistazo al vestido. Había sido entregado hasta su habitación y estaba colgado en el armario, asegurado en una bolsa de la tintorería del hotel y envuelto con un tejido. Tan pronto

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vio la bolsa, Jess no pudo resistir la tentación. El vestido era perfecto, el resultado de una larga cacería. Verlo ayudaría. Jess sintió un cosquilleo de emoción cuando lo desenvolvió y abultó la falda. El vestido estaba delineado por un bies4 de pesado satín, sus líneas tan simples que casi eran austeras. Lucía retro y elegante, y era el vestido de los sueños de Jess. Cuando se lo probó, lució alta y elegante. Con su cabello recogido hacia arriba y un pequeño velo, era simplemente perfecto. Estaba tan contenta de que hubiera llegado. Jess sintió el peso del satín y sonrió. No había ni una sola arruga en la falda. Habían hecho un buen trabajo. Dejó que la suavidad se deslice por encima de sus antebrazos, luego se estiró para girarlo sobre el gancho. Casi se desmayó por la sorpresa. Había una marca de quemadura con la forma de una plancha justo en el frente del vestido. Era negra, el satín casi quemado a través de los bordes donde la plancha había estado. Caería justo debajo de sus pechos cuando se pusiera el vestido. Con las líneas del vestido, no había forma de ocultar la marca. Jess se le quedó mirando en shock. Su perfectamente hermoso vestido estaba arruinado. El vestido que se había imaginado llevando, el vestido que había determinado el estilo de cada detalle que había escogido, el vestido que se suponía era el centro de atención de todo, estaba destruido. Si hubiera estado en casa, podía haber llamado al diseñador. Podía haber rogado porque se hiciera un reemplazo. Podía haber hecho algo para enderezar esto. Pero no aquí. Tenía que ver a Ryan. Jess se dio cuenta que estaba temblando cuando se alejó del armario. Iba a enfermarse. Corrió hacia la puerta, esperando que hablar con Ryan haría que se sienta mejor. Corrió como un borracho hacia el pequeño muelle de la playa, luego a través de la playa hacia el bar del hotel. Empezó a llorar en algún lugar de la playa y no pudo detenerse. Vio al grupo en el bar de inmediato. Se estaban riendo juntos, Mark en el centro de todo agasajando a la reportera con alguna historia. No había señal de Ryan. Se dio la vuelta, solo queriendo encontrarlo cuando su hermano Jake vino a grandes zancadas hacia el bar. Lucía furioso.

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Bies: Tira de tela cortada al sesgo respecto a la dirección de los hilos.

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Vio a la periodista quitarse del camino cuando Jake fue por Mark. No pudo escuchar lo que decía, pero vio a Jake derribar a Mark de un golpe. La nariz de Mark empezó a sangrar y cayó fuertemente. Kade se dio la vuelta y se alejó. Y la reportera alegremente tomó fotografías de todo. Jess vio a su madre ponerse de pie en el restaurante y un vistazo a la horrorizada expresión de su madre fue suficiente. No. Esto era demasiado. Jess se rindió. Simplemente no podía pelear más. Giró para dirigirse de vuelta a la cabaña, pero para el momento en que llegó a la playa, su mamá estaba justo junto a ella. —No dejes que te vea —dijo Arlene, su tono feroz. Puso un brazo alrededor de la cintura de Jess—. Todo estará bien… —No, mamá. No está bien. Se acabó. —Pero Jessica… —Ya no puedo hacerlo, mamá. Es todo. —Pero la boda… —Está cancelada. Diles a todos en el momento que quieras. Ya no quiero hablar con nadie. —Jess sintió sus lágrimas empezando a derramarse. Con reportera o no, Jess no quería llorar en público. Se liberó del agarre de su madre y corrió de vuelta a la cabaña, bloqueando la puerta detrás de ella antes de dejar caer sus lágrimas.

Ryan estaba en la habitación de sus padres, tratando de ganar su cooperación. —Tal vez Jessica tiene razón —dijo su madre—. Tal vez esto es un presagio. —Ustedes son los que siempre me dijeron que el amor es lo único por lo que vale la pena luchar —dijo Ryan con cierta impaciencia—. Amo a Jess. Me voy a casar con ella. Quiero que ella esté feliz con la ceremonia. —¿Qué esperas que hagamos al respecto? —preguntó su madre. —No vamos a pagar por nada más —dijo su padre rápidamente.

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Ryan se pasó una mano por el cabello. —Me gustaría pedir prestado sus anillos, solo para el servicio. La mano de su madre cayó de inmediato a su anillo de bodas de oro liso. —Nunca me lo he quitado ni un momento —dijo—. Bueno, excepto cuando estuve en el hospital, teniéndolos a cada uno de ustedes. Su padre se aclaró la garganta antes de que Ryan pudiera hablar. Para sorpresa de Ryan, su padre se puso de su lado. —La única razón por la que el sacerdote tenía los anillos, Maureen, es porque queríamos bendecirlos también por nuestro sacerdote. Fue amable de Jess hacer que eso sucediera. —Es solo para la ceremonia —dijo Ryan, y entonces, jugó su mejor carta—. Pensé que podría ser de buena suerte. —¿Cómo? —preguntó su madre, su tono descongelándose un poco. —Bueno, han estado felizmente casados durante treinta años, y tus abuelos los utilizaron durante más de sesenta años. —Sonrió—. Creo que podría hacer que Jess se sienta mejor al tener esa clase de historia de nuestro lado. —Es solo para la ceremonia, Maureen —dijo su padre—. Creo que sería un buen gesto. —Está bien —dijo su madre, evitando la mirada de su padre que estaba llena de afecto—. Pero los recuperaremos después de su noche de bodas. —¿Ves? —Le dijo su padre a su madre—. No fue una concesión tan difícil de hacer, ¿cierto? —Su madre sacudió la cabeza. —Eso no es lo único que necesito que hagan —dijo Ryan, echando un vistazo a su lista. Ante la mirada interrogante de su padre, él sonrió—. Necesito que comas pescado crudo y finjas que te gusta. La expresión de su padre cayó. Su madre rio y tomó la mano de su marido. —Oh, Robert, no va hacerte daño probar algo diferente. Solo toma algunos antiácidos si la comida no está de acuerdo contigo. Su padre se enderezó en toda su estatura. —Jess es una chica encantadora —dijo—. Y no quiero que la periodista le dé más problemas, ni a su negocio. —Él hizo una mueca—. Solo procura darme una pequeña porción.

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Ryan sonrió. —Lo intentaré. —Y marcó dos elementos más de la lista de temas que Jess había escrito—. Ahora tengo que encontrar la manera de hacer que la lluvia pare. —¿Lluvia? —Se supone que va a comenzar durante la noche y lloverá durante días. —¿Esa es la última cosa por hacer? —preguntó su madre. —Ni de cerca. Esta lista es enorme. —¿No vas a salir con tus amigos? —le preguntó su padre. —No. —Ryan ya estaba tratando de formar un plan de ataque para el día siguiente—. Voy a dormir en el sillón de la habitación de Quinn y Patrick, si eso está bien. Tengo que hablar con una gran cantidad de personal mañana temprano. Voy a necesitar todo el encanto que pueda conseguir.

78 Por primera vez en un mes, Jess durmió. Primero lloró, mucho más de lo que pensaba que era posible llorar, y luego cayó en la cama, exhausta. Estaba agotada. Y por primera vez en más de un mes, no tenía nada que hacer. No había ninguna lista de tareas para completar, ni llamadas por hacer, arreglos por finalizar, o perspectivas compitiendo por negociar. Al darse cuenta de esa realización, sintió que la tensión acumulada en su cuerpo desapareció. Sacó la toma del teléfono de la pared, cerró la puerta con llave y apagó su propio teléfono celular. Puso el vestido de nuevo en el armario y lo ocultó de vista. Apagó las luces, se quitó la ropa y se detuvo en medio de la cabaña, sintiendo la fresca caricia del viento. Se metió en la cama, tenía tiempo para echar de menos a Ryan, luego cayó en un sueño profundo y sin sueños.

Ryan despertó con el sonido de alguien tocando en la puerta de la habitación de Quinn y Patrick. Sus hermanos todavía estaban profundamente dormidos, así que se puso sus pantalones y se dirigió a la puerta. Para su sorpresa, la madre de Jess estaba allí, su expresión preocupada. —Nadie te ha dicho todavía, ¿verdad? —preguntó ella y Ryan se despertó por completo. —¿Decirme qué? —Jess canceló la boda anoche. —¿Qué? —Ryan salió al pasillo, empujando la puerta detrás de él para que así estuviera casi cerrada—. Sé que estaba molesta por los detalles saliendo mal, pero aun así vamos a casarnos. Arlene le dijo a Ryan rápidamente de los acontecimientos de la noche anterior, y él sacudió la cabeza en señal de frustración. —Ella misma me lo dijo y probablemente le dirá a los demás esta mañana. —Pero no podemos cancelar la boda. Vamos a casarnos, ya sea que las flores no son del tipo correcto —dijo y frunció el ceño—. Sé que la ceremonia es importante para ella. He estado tratando de corregir algunas cosas para que salgan bien y quitarle un poco de presión de encima. —¿En serio? —Arlene parecía más esperanzada ahora. —En serio —dijo Ryan con fuerza—. Amo a Jess. Me quiero casar con ella. Me niego a creer que nada de esto es un presagio. Arlene sonrió. —Tal vez deberías decirle eso. Ryan se reunió con la mirada de su futura suegra y sonrió. —Esa es una gran idea —dijo y su sonrisa se ensanchó. Haría más que eso, de la manera más convincente que pudiera.

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J

ess fue vagamente consciente de la puerta de la cabaña abriéndose. Se dio la vuelta, pensando que era una de las mucamas, y luego sintió el peso de una persona en el colchón.

—Siempre hueles tan bien por las mañanas —murmuró Ryan mientras se deslizaba en la cama junto a ella. La empujó hacia sus brazos, sus ojos brillando con intención, pero Jess puso sus manos sobre sus hombros. —¿Qué estás haciendo aquí? Pensé que tu madre quería que te mantuvieras alejado hasta la boda. Él levantó una ceja. —Oí que no iba a haber una boda. Jess sintió que se sonrojaba. —Sé que debería haber hablado contigo primero, pero estaba tan molesta… —Lo sé. Puedo entender que hablaras con tu madre. —Él tocó sus labios con los suyos y ella se relajó ante su toque—. Pero podrías tener un poco de fe. —La fe no va a arreglar todo lo que va mal —logró decir antes de que Ryan la volviera a besar. Cuando él levantó su cabeza, había olvidado lo que iba a decir. —Jess, traviesa —susurró, su sonrisa maliciosa—. Solo voy a tener que recordarte lo bien que estamos juntos. Antes de que Jess pudiera discutir, Ryan había tomado una larga cinta azul. Le ató sus muñecas y las aseguró en la cabecera de la cama. —No hay tiempo para esto —protestó ella, pero él solo la besó de nuevo. Esta vez, su beso fue más largo y persistente, su lengua coqueteando con la de ella. Él acunó su pecho en una mano y se burló del pezón, sus caricias haciendo que Jess lo desee. —Si no hay boda, entonces no tienes nada que hacer —argumentó—. Si no hay boda, entonces solo estamos de vacaciones juntos. Las personas que están

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enamoradas y que van de vacaciones juntos tienen sexo. —Él guiñó—. Lo leí en algún lugar. —Pero… —empezó a decir que tenían un trato para no tener sexo antes de la boda, pero inmediatamente se dio cuenta de lo que él diría. Ryan puso un dedo sobre sus labios para hacerla callar, y luego trazó el contorno de sus labios con su cálido dedo. Observó su propia mano, y ella vio el calor en su mirada. —Si no hay boda, no hay espera —dijo, demostrando que había seguido el camino de sus pensamientos—. Pero solo porque cancelaste la boda no significa que te vas a escapar por un tecnicismo. —Él tomó su barbilla, apoyándose en un codo para mirarla—. Solo tengo una pregunta para ti. —¿Solo una? —Solo una. ¿Todavía me amas? —Se veía preocupado—. Porque yo te amo, y nada de esto cambia lo que siento por ti. Todavía me quiero casar. Jess sonrió. —Siempre te amaré. Todavía me quiero casar. Él le dirigió una mirada juguetona. —Así que, todo lo que tengo que hacer es recordarte por qué —reflexionó. Sus dedos se arrastraron sobre ella, enviándole deliciosos cosquilleos por su carne. —Pero… —Jess empezó a preguntar, solo para que Ryan sacuda su cabeza. —Es suficiente charla por el momento —le reprendió—. Ahora tienes que aprender una lección. —Él sacó el antifaz con el forro de satén y se movió rápidamente sobre ella a horcajadas—. Eso significa que no estás a cargo. —¿Quién lo está? —preguntó, porque sabía que él la quería. —Yo. —Ryan se arrodilló sobre ella y Jess tuvo un rápido vistazo de su sonrisa satisfecha antes de que el deslice el lujoso antifaz sobre su cabeza. Éste la encerró en la suavidad y oscuridad, y Jess suspiró sin querer hacerlo. Se sentía tan decadente, e hizo que todo su cuerpo se anime. Él pasó sus manos sobre su cabeza, su toque posesivo haciendo que Jess tiemble. Lo sintió aún más cerca, y entonces la besó rápidamente. —Dicen que ser vendado hace la escena más intensa para algunas personas — susurró, sus labios casi en los de ella.

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—Sí, Ryan —concordó Jess. Ella arqueó su espalda de modo que sus labios rozaron su boca. Ryan rio entre dientes. —Y les ayuda a relajarse. —Sí, Ryan. —Jess logró volver a besarlo y Ryan soltó un gruñido de satisfacción. —Me va a tomar un tiempo enseñarte una lección —murmuró, con amenaza en su voz. Jess se estremeció. —No puedo esperar. Él deslizó un dedo por sus brazos, luego le dio un beso en su mejilla. Ella lo sintió dejar la cama y supo que la estaba mirando. Lo oyó desabrochar y dejar caer los pantalones al suelo, y su corazón latió con anticipación por lo que podría hacerle. ¿Tenía la paleta? ¿Qué tal el vibrador mariposa? Jess no podía soportar la incertidumbre, incluso aunque eso la excitaba. Su sexo estaba hinchado y hambriento, pulsando con deseo por él. Cuando Ryan habló, se sorprendió por su pregunta. —¿Qué es lo que te gusta de esto? —preguntó suavemente—. ¿O era solo un capricho probarlo? Dime. —Era un capricho, pero me gusta —admitió. Era más fácil hablar de sus deseos con los ojos vendados—. Resulta que me gusta estar fuera de control. Es caliente. —Quizás sea cosa de confianza. Ella asintió. —Quizás se trate de dejarse ir con alguien en quien confías. Él le pasó la punta de los dedos a lo largo de su cuerpo, haciéndola estremecerse. —Es ardiente, más ardiente de lo que esperaba. Jess se pasó la lengua por los labios y él rio. —Provocadora. —¡Lo estoy intentando! —No te preocupes, obtendrás tu merecido.

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—¿Pero cuándo? —Cuando esté listo. ¿Quieres morir luchando, o simplemente rendirte? Jess sonrió, le gustaba que Ryan quisiera tener un plan, uno que los excitaría a ambos. —También me gustó cuando me sorprendiste el otro día, y ahora. Eso de atraparme con la guardia baja y que tomaras ventaja, fue caliente. —Jess tragó fuerte—. Hay algo en ser dominada que es muy excitante. Lo sintió inclinarse hacia ella, el calor de Ryan contra sus pechos. —¿Y cuál sería la cosa más excitante que podría hacerte? —susurró con tono oscuro y peligroso. Jess tragó y confesó la verdad. —Mantenerme como tu prisionera hasta que tengas suficiente de mí. Ryan bajó aún más la voz. —Eso podría tomar toda una vida, Jess. Ella tembló. —Sí. Así podría ser. —Podría dejarte ir cada tanto —reflexionó Ryan—. Pero tendría que hacerte llevar el vibrador, o un cinturón de castidad. —Así siempre sería tuya —susurró, su corazón palpitaba con rapidez. —Y siempre estarías lista. —Amasó un pezón entre sus dedos—. Podría pasarme por tu tienda a la hora del almuerzo. Poner el cartel de cerrado en la puerta y poseerte sobre una pila de raso y encaje. —Oh, sí —murmuró Jess. Luego tuvo una idea—. Pero eso podría dañar el inventario. —Cierto. —Sus dedos la estaban volviendo loca—. Entonces, quizás tendríamos que ir al despacho de envíos y usar cinta de embalaje. Jess gimió ante la idea. Era tan rudo, tan dramático. Y la excitó. —Podrías usar tus esposas —sugirió. Él rio por lo bajo.

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—O podrías guardar algunos rollos de cinta detrás del mostrador, junto con tu antifaz. —Ryan extendió la mano y la deslizó a lo largo de ella. Jess deseó que hundiera sus dedos en ella y abrió las piernas en invitación—. Estarías lista en cualquier momento. —Sí —susurró Jess a medida que la mano de Ryan se deslizaba hasta su sexo caliente—. Sí. Acarició su clítoris de la forma en que había amasado sus pezones. Su toque era gentil pero firme, y la hizo gemir de placer. —Pero lo más importante que tenemos que hacer es asegurarnos que nadie te escuche. —Puedes ordenarme que haga silencio. —O puedo asegurarme de ello —dijo Ryan antes de besarla profundamente. Jess supuso que así era cómo se proponía silenciarla y no pudo discutir su método. Le devolvió el beso, amando cómo la mano de Ryan la sostenía por la nuca y la mantenía cautiva. Él se colocó sobre ella, su peso aplastándola contra el colchón, y a Jess le encantó tener tanto de él presionado contra ella. Su beso era profundo, demandante y posesivo, y la provocaba sin descanso con esos dedos. Jess estaba sin aliento cuando él rompió el beso. Solo quería más. Con los labios separados, intentó besarlo de nuevo, pero él le puso algo en la boca. Era un pedazo de tela, quizás una toalla de mano, y solo pudo hacer un gemido ahogado con eso en la boca. Trató de chillar y gritar, encontrando excitante el no poder hacer muchos más sonidos. Así era cómo Ryan planeaba silenciarla. —Creo que sería mejor que guardes una mordaza en la tienda —dijo él—. O quizás deberías guardarlo todo en tu cartera, así puedo tomarte en cualquier momento. Jess gimió, deleitándose con la idea. Ryan se alejó y a ella no le sorprendió mucho sentir sus manos cerrándose alrededor de sus tobillos. —¿Por qué no luchas conmigo? —sugirió él—. Me aseguraré de no lastimarte, y veremos si te gusta ser vencida. Jess estaba más que lista para el experimento. Pateó y se sacudió, pero las manos de Ryan siguieron rodeando sus tobillos firmemente. No podía librarse de él, sin importar lo mucho que lo intentara, y darse cuenta que era su prisionera era excitante. Él trabajó rápido, le colocó un grillete en un tobillo y luego lo ató a la esquina del

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estribo con un tirón decidido. Jess estaba completamente abierta, casi atada, aunque no iba a rendirse tan fácil. Estaba disfrutando la lucha y la derrota. Lo pateó con la otra pierna y gimió tan alto como pudo, tratando de ponerle las cosas más difíciles. Era inútil y ambos lo sabían, pero Jess encontró la lucha excitante. —Gime si te gustó eso —dijo Ryan, y ella gimió—. La próxima vez, te dejaré correr —amenazó—. La próxima vez, nos encerraré en el cuarto trasero de tu tienda y veremos si puedes escaparte. Jess se estremeció, deleitándose. Él deslizó una mano hacia arriba por su pierna, su caricia la puso más caliente. —O puede que te despiertes una noche, atada a la cama, indefensa y cautiva. Podría no ser capaz de esperar hasta la mañana. Podrías tener que dormir con tus ataduras. Jess gimió aprobando esa idea. —Podría arrinconarte en la ducha —amenazó—. Atarte con el cinto de nuestras batas de baño, amordazarte con una toalla, y tomarte una y otra vez. Jess se retorció ante el sonido de eso. Lo sintió inclinarse sobre ella y tomar las cintas nuevamente. —Algo azul —susurró, después comenzó a envolver la cinta alrededor de sus brazos, cruzándolos mientras continuaba por sus hombros. Lo deslizó por su espalda y lo anudó debajo de sus senos, luego lo atravesó sobre su torso. Ató un lazo en la cintura, y Jess estaba encerrada en satén—. ¿Te gusta? —preguntó, jugando con sus pezones otra vez. Estaban tan duros que dolían y ella estaba segura que estaba empapada. Jadeó en la toalla cuando su boca se cerró sobre un pezón. La succionó y provocó, llevándolo a un pico incluso más apretado hasta que estaba segura que no podría soportarlo. Sabía que no debió haber estado sorprendida cuando los fieros pequeños dientes de la abrazadera de pezones se cerraron sobre ese adolorido pico. Debió haber imaginado que le haría lo mismo al otro pezón. —También podrías usar estos durante el día —musitó—. Eso aseguraría que no olvides quién es tu dueño. Jess gimió con todo su poder en la toalla.

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Para el momento en que Ryan había arreglado ambos para su satisfacción, ella estaba retorciéndose en la cama. Lo sintió estirarse a su lado, y se estremeció cuando sus dedos se deslizaron a través de su vello púbico. Pensó que se vendría inmediatamente cuando la tocó, pero él la conocía lo suficientemente bien para asegurarse de que dure. La punta de sus dedos acarició ligeramente su hinchado clítoris, jugando con la promesa de un orgasmo. —Mírate, toda atada solo para mí. ¿Es esto lo que querías, Jess? ¿Yo en completo control de ti? Jess gimió y asintió. —Bien —susurró Ryan—. Porque no he terminado contigo todavía. Se deslizó por la longitud de su cuerpo y ella arqueó su espalda cuando su boca se cerró sobre su húmedo coño. La lamió, hizo un sonido de aprobación, luego se lanzó a comérsela con una minuciosidad, sin prisas, que la volvió loca. Cada vez que se sentía en la cúspide de un orgasmo, él levantaba la cabeza. La soplaba. Lamía. Deslizaba sus dientes por su clítoris. Cerró sus manos sobre su cintura y la mantuvo a merced de su toque, trabajándola lentamente hasta hacerla estallar. Jess no podía moverse. No podía escapar. Ni siquiera podía retorcerse lejos de su toque. Y Ryan era tan implacable que sabía él estaba asegurándose que ella tuviera el más grande orgasmo de su vida. Se rindió con un largo estremecimiento. Abandonó el control y lo permitió tener el mando sobre ella. Abrió sus piernas lo más apartadas que pudo en sus restricciones, haciéndose disponible para él, y arqueó su espalda, queriendo solo más, más y más. Jadeó cuando él revoloteó la punta de su lengua a través de ella. De repente, se movió sobre ella, sus manos cerrándose alrededor de sus muñecas atadas. Tenía su peso apoyado en sus codos, y su dura polla estaba deslizándose dentro de ella con facilidad. Jess gimió por la gruesa fuerza de Ryan y lo recibió más profundo, queriendo que la llene y la ensanche aún más. Ella adoraba tener su duro cuerpo musculoso sobre sí, empujándola hacia el colchón, dominándola y comandando cada impulso. —Eres mía —le susurró al oído—. Toda mía para siempre. Jess gimió en acuerdo. Besó su garganta, luego mordió la mordaza, la sacó de su boca y la lanzó a un lado. —Bésame, Jess —murmuró—. Y vente conmigo dentro de ti. —Sí —acordó Jess antes de que él la reclamara con un beso. Se movieron juntos en un ritmo familiar, Ryan moviéndose para que así su verga se arrastre a través de su

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clítoris con cada embestida. Su beso era devastador y así Jess también lo besó con fervor, sintiendo el calor construirse dentro de ella hasta que estaba segura que explotaría. Gimió, sin querer venirse antes que él pero no estando segura de si podía aguantar mucho más tiempo. Ryan deslizó una mano entre ambos. Pellizcó su clítoris fuertemente, enviándola por el precipicio. Él se tragó su grito y se metió profundo dentro de ella, diciendo su nombre antes de venirse con ímpetu. Momentos después, besó su cuello, su oreja, sus labios y Jess solo pudo sonreír. —Te he extrañado —murmuró, su voz áspera. —También te he extrañado —admitió ella, sintiendo que todo estaba bien en su mundo otra vez. —No te veas tan contenta —dijo Ryan, su tono severo—. Todavía tengo que disciplinarte en la ducha. Jess apenas podía esperar. —Hay dos batas de baño al otro lado de la puerta, ambas con unos buenos gruesos cinturones. Ryan rio entre dientes y besó la punta de su nariz. —Ten cuidado. Si eres así de cooperadora, puede que seas mi prisionera para siempre. —Promesas, promesas —bromeó Jess y rieron juntos mientras él desataba sus ataduras. Era increíble cómo Ryan podía mejorar su estado de ánimo y su perspectiva tan fácilmente. La ayudó a ponerse de pie, metiendo sus dedos a través de su cabello a medida que le quitaba el antifaz. Su cabello estaba desordenado y sus ojos estaban brillando. El corazón de Jess se apretó de amor. —¿Estás bien? —Más que bien —respondió ella—. Fue maravilloso. Justo lo que necesitaba. Se besaron entonces, un dulce beso que aun así hizo que su pecho palpite feroz. Cuando se apartaron, Ryan la giró y caminó hacia el baño. —Tal vez deberíamos casarnos después de todo —musitó ella, en realidad sin bromear.

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—Tal vez sí —replicó Ryan con tranquilidad—. Pero primero, tienes una lección que aprender. —Tendió una mano y ella vio el vibrador de mariposa colgando de sus correas elásticas. Ryan sonrió—. ¿No es increíble que esto sea resistente al agua? Jess abrió la boca, luego la cerró otra vez, finalmente recordando la respuesta que debía dar. —Sí, Ryan —dijo, y la sonrisa de él se intensificó. —Qué promesa —bromeó—. A este ritmo, nunca te voy a dejar ir. —Me gusta como suena esa promesa —dijo Jess, y luego no dijo nada más por un rato.

Había dejado de llover para cuando Jake subía el cierre del vestido a Christine. Él hizo una mueca de dolor cuando ella sin querer rozó sus nudillos amoratados. —Probablemente no deberías haberle dado un puñetazo a Mark —dijo Christine y Jake alzó la mirada para encontrar su sonrisa en el espejo. —Probablemente no, pero lo haría de nuevo. —Si eso te hace sentir mejor. —Se agachó para atarse la tira de una sandalia y él la observó abiertamente. Podía mirarla todo el día, y hacerle el amor toda la noche—. No va a cambiarlo en absoluto. —Muy cierto. Ella levantó la vista, lo atrapó mirándola y le sonrió. —No estás pensando en Mark, ¿verdad? Jake sonrió engreído. —Tengo cosas más interesantes en las que pensar. Se besaron, y fue tan dulce y caliente como cada vez hasta el momento. —Es tan malo que no podamos hacer nada para ayudar a Jess y Ryan —dijo Christine cuando Jake levantó la cabeza. —Tienen que resolver las cosas por sí mismos.

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Christine hizo una mueca. —Lo sé, pero quiero que todos sean felices. —Bueno, hay una cosa que sí podemos hacer—dijo Jake, pasándose una mano por la barbilla. De verdad tenía que afeitarse antes de ir a la cena o su madre lo haría pasar un mal rato por “no tratar a Christine adecuadamente”. Fue al baño y Christine lo siguió, observándolo mientras se quitaba la camiseta y abría el grifo—. Estaba pensando en el dinero. —¿El de esa estúpida apuesta? Asintió mientras se frotaba la espuma por la barbilla. —La cosa es que Kade tiene una niña pequeña. Dijo que si ganaba iba a llevarla a Disneyworld. —¿No está divorciado? Jake asintió, y luego comenzó a afeitarse. Frunció el ceño, sin saber cómo hacer su sugerencia. Christine se inclinó un poco más cerca. —Tienes una idea. —No quiero insultarlo. —Enjuagó la maquinilla de afeitar, luego comenzó con el otro lado—. Y no quiero ofenderte. —Puedo ser bastante dura de ofender si la felicidad de una niña entra en la ecuación. Jake alzó la mirada para atraparla sonriendo, y supo que ella había adivinado su idea. —Estaba pensando que nuestra gran inversión sería una casa, ¿cierto? Y aunque tres mil dólares es una buena cantidad de dinero, no va hacer mucha diferencia en la compra de una casa. —Por cierto, podría ya tener la casa. —¿En serio? —Está en lo alto de Ridge. —Christine se refería a una vieja parte de la ciudad, una que Jake siempre había admirado por sus residencias históricas y elegantes paisajes urbanos. Encontró la mirada de Christine en el espejo sorprendido—. Es de estilo eduardiano con el techo de pizarra original. —Le dio la dirección y Jake se sorprendió más.

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—Conozco esa casa. Siempre la admiré. No sabía que estaba a la venta. —La están enseñando discretamente. Fui con una clienta antes de venir hasta acá, porque quería hacerse una idea del costo de reforma antes de decidir cuánto ofrecer por la casa. —¿Cómo es por dentro? —En su mayoría, los muebles son originales. Tiene buena estructura, pero necesita algunos cambios. Necesita actualización mecánica, aislamiento térmico, cocina, baños, lo usual. Paisajismo. —Christine se encogió de hombros, pero le sostuvo la mirada. Jake podía ver que ella amó la casa. —¿Cuál es tu estimación? —Pensé que ella podía hacer lo que quería por trescientos mil. Es una casa grande. Piden setecientos mil. Jake sacudió la cabeza. —Es diez años demasiado tarde para conseguir una ganga en ese vecindario. Todo allí vale un millón o más. —Será una joya cuando esté lista, además de una buena inversión. Creía que ella debería hacerlo, pero no estaba preparada para los inconvenientes. Lo que de verdad creo es que ella no podía visualizarla. Solo veía sus limitaciones, no su potencial. —No, un montón de gente puede visualizar ese tipo de cambio. —Jake se quitó el resto de la espuma, luego revisó su afeitado—. Pero tú lo viste. —Dios mío, Jake, sería impresionante. —Sobre todo cuando nos pongamos manos a la obra. Ella le sonrió, sus ojos iluminados. —Si pudiéramos pagarlo. El vestíbulo y la escalera son increíbles… A medida que Christine hablaba entusiasmada sobre los detalles de época de la casa, Jake hizo algunas cuentas mentales. Tenía ahorrada una buena cantidad y había hecho bien sus inversiones, además sabía que podía pedirle un préstamo a su firma si tenía que hacerlo. Estaba seguro que Christine y él podían recurrir a algunos favores profesionales y quizás hacer mejores negocios en la bolsa. Para un proyecto de esa escala, tres mil dólares no harían mucha diferencia de todas maneras. Aunque podían hacer una diferencia para Kade.

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—Muy bien, encontremos una manera de darle el dinero a Kade y su pequeña niña —dijo él—. Y tal vez tú puedes hacer que veamos esa casa cuando lleguemos a casa. —¿Realmente crees que podemos manejarlo? Jake asintió y Christine se lanzó a sus brazos, besándolo duro y rápido. —Ahora solo tenemos que arreglar el matrimonio de Jess y Ryan —dijo ella, sus ojos resplandeciendo. —En serio creo que ellos tienen que resolver eso por sí mismos. —Él frunció el ceño—. Hablando de eso, ha estado realmente callado aquí hoy. Estaba esperando un caos. —El silencio es probablemente porque desconecté el teléfono para seducirte sin interrupciones. Jake sonrió y la besó de nuevo. —Cosa que hiciste muy exitosamente. —Aunque creo que necesitamos práctica.

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—¿Cuánta más práctica? —Mucha más. —Christine sonaba sombría resplandeciendo—. Podría tomar toda una vida.

pero

sus

ojos

estaban

—En ese caso, necesitaremos cenar primero. Jake se agachó para conectar el teléfono otra vez a la pared mientras Christine reía. La luz de los mensajes empezó a parpadear inmediatamente, pero antes que pudiera levantar el auricular para escuchar los mensajes, el teléfono sonó. —¡Finalmente! —dijo Ryan cuando Jake contestó—. He estado tratando de localizarte durante todo el día.

—¿Sin piedad para los heridos? Laura se giró hacia el restaurante, solo para encontrar al Sr. Sutil con un gran ojo morado. Trató de esconder su sonrisa y falló.

—Auch. —Probablemente piensas que obtuve lo que merecía. —La contempló por encima de su café—. ¿O te encargaste de hacer eso antes? —Culpable de los cargos —admitió Laura—. ¿Cómo se sentiría ser atrapado todas las veces? —Terrible —admitió él con una sacudida de su cabeza—. Creí que había perdido mi encanto para siempre. —Oh, eso sería terrible —concordó Laura, disfrutando la conversación más de lo que había esperado. —Mark —dijo ofreciendo su mano—. Es Mark. —Creo que me gustaba más Sr. Sutil. —¿No Príncipe Encantador? Ella rio. —No. Tú no. Hizo un fingido gesto de dolor. —Público difícil. ¿No te gustaría levantar mi confianza tomando algo conmigo más tarde? Laura rio con sorpresa. —En serio dudo que tu ego necesite ayuda. —¿Ni siquiera una bebida por lástima? —No. —Laura empezó a voltearse, entonces captó un vistazo de su decepción—. Pero sabes, hay una cosa que podrías hacer. —¿Qué sería? —Mark estaba observándola ávidamente y ella sonrió, sabiendo que lo sorprendería. —Me encantan las bodas. —No estoy seguro que vaya a haber una. Laura puso sus ojos en blanco. —Ese hombre no dejará está isla antes de que ella se case con él. Confía en mí. Nunca he visto tal determinación. —¿Eso lo hace uno de los chicos buenos?

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—Bastante. Mark se tomó su café y acomodó la taza de vuelta en el platito antes de ponerse de pie. —Está bien, estás invitada. Y mejor me voy a ayudarle a ganar el día. —¿Tú? ¿Ayudando con una boda? —Oye, es mi única oportunidad para salir con una hermosa mujer durante la próxima semana. No soy lo suficientemente estúpido para echar a perder esa clase de oportunidad. —La sonrisa de Mark brilló antes de alejarse rápidamente. —¡No te prometí nada! —dijo Laura y él se detuvo para guiñarle. Luego hizo una mueca porque obviamente le dolió y ella rio. —Lo sé. Incluso tengo que sufrir este dolor para ganar una sonrisa. —Se dio la vuelta para irse nuevamente—. No te preocupes, estoy en ello. Te gusta la determinación: te mostraré un poco de eso. —Porque no tienes nada más que hacer. Mark se detuvo. Se giró para mirarla, luego caminó de regreso hacia el restaurante para detenerse justo frente a ella. La boca de Laura se quedó seca cuando él la miró. Su voz suavizada como si fuera a decirle un secreto. —Tal vez no es solo eso, Laura. —¿Ah, no? Entonces, ¿qué? Él sonrió un poco. —¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde que no sabía lo que una mujer iba a decir a continuación? —Supongo que no lo suficiente. Le agitó un dedo a ella. —Eso lo vi venir. Ahora, no me decepciones. —Le sonrió por un largo y dulce momento, luego se fue. Y Laura se encontró a sí misma sonriendo mientras limpiaba su sección. Realmente le gustaban las bodas, eso era más que todo cierto, y sabía que iba a haber una. Pero Mark no era el único al que le gustaba la gente que lo tenía en ascuas.

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Ryan se fue y regresó varias veces durante el día, atormentando a Jess con placer cada vez que regresaba a la cabaña. Se encontró curiosamente satisfecha de no estar haciendo nada, comiendo lo que sea que él le traía, y disfrutando su compañía. El jueves en la mañana, él se había ido de nuevo. Jess se quedó en la cabaña todo el día holgazaneando en su pijama. Fiona vino de visita en la mañana, pero Jess no iba a tomar el consejo sentimental de una de sus amigas que era poco probable que alguna vez haya tenido una relación duradera. Charlaron por un rato y luego Fiona dijo que tenía cosas por hacer. Jess había esperado que Ryan vuelva para el almuerzo, pero le envió el servicio a la habitación con una tierna nota. Después de eso, Jess había estado de pie sobre la terraza y observó la lluvia sobre el océano. El día que había anticipado por meses había llegado. Se suponía que iba a ser el día de su boda. Pero no se iba a casar, por su propia elección. ¿Estaba Ryan evitándola este día en particular por alguna razón? Le encantó que Ryan haya regresado para hablar y hacer el amor con ella. Deseó que hablaran más, aunque no se arrepentía ni un segundo de su vida sexual. Había asumido que regresaría a la cabaña para hablar sobre el futuro. Tal vez podían llegar a comprender exactamente cuál era su futuro. Pero mientras las horas pasaban y no había señal de él, Jess empezó a temer que no tenían un futuro. ¿Estaba en el bar con sus amigos, divirtiéndose de nuevo? La posibilidad no era alentadora. Quizás solo lo había empujado demasiado lejos al tratar de hacer su boda perfecta. Quizás había ido demasiado lejos en su búsqueda de la perfección. Pensó en la insistencia de Ryan en que era la unión de sus vidas juntos, no los detalles, lo más importante y podía ver su punto. Ella lo amaba. Él la amaba. Querían estar casados el uno con el otro. Pero en los últimos meses, había perdido de vista ese simple objetivo en su búsqueda de la boda perfecta.

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No era sobre el vestido, las flores o la comida. Era sobre el hombre que tomaría su mano en la suya para siempre. Incluso si Jess se estaba dando cuenta un poco más tarde a lo ideal. Si este evento le costaba al hombre que estaba segura quería, entonces Jess realmente había cometido un gran error. Se volvió, con la intención de vestirse y encontrarlo, pero alguien llamó a la puerta. Era su madre. —Supongo que has estado aquí todo el día, sintiendo lástima por ti misma — dijo Arlene. Su tono era alegre y práctico a la vez, advirtiéndole a Jess que no se quedaría sola por un tiempo. —No exactamente. He estado pensando. Arlene sonrió. —Bien. La lluvia es aclaradora y tenemos el tiempo justo para dar un paseo por la playa antes de la cena. —Mamá, quiero encontrar a Ryan y hablar con él. —Por supuesto —dijo su madre con fuerza—. Pero primero vamos a ir a dar un paseo en la playa. Jess conocía el sonido de una discusión que ella no ganaría. —Espero que la periodista no esté ahí fuera, esperando a saltar sobre mí. —¿Y si lo está? Esconderte no va a solucionar nada, y verte lo mejor que puedes le dará algo de qué preocuparse. Jess sonrió ante eso. —Ponte ese bonito vestido, un poco de lápiz labial y vámonos. Una copa de vino hará tu mundo mejor. Su madre tenía razón. Jess se puso el vestido que su madre había mencionado, el que había estado guardando para después de la boda y luego un poco de maquillaje. —¿Por qué no te recoges tu cabello? —apuntó su madre—. Y usa esos pendientes bonitos que trajiste. Me gustan esos y se ven bien en ti. —¿Tengo alguna opción? —preguntó Jess con una sonrisa.

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Su madre le devolvió la sonrisa. —Verte lo mejor que puedes te hará sentir mejor. Jess echó un vistazo al vestido de su madre, el cual era nuevo y favorecedor, y esas sandalias que adoraba su madre. —Sinceramente, parece que vine por eso. Arlene rio. —Tal vez lo hiciste. Jess se sintió mejor cuando dejaron la cabaña. Tomó una profunda respiración del viento viniendo del océano. Era el atardecer, su hora favorita del día y el cielo estaba pintado en gloriosos colores. Las nubes casi se habían ido y las estrellas estaban saliendo. Lejos en la playa, alguien estaba encendiendo una fila de antorchas que ardían brillantemente en las sombras. Trató de no pensar sobre lo que debería haber estado sucediendo, pero era difícil. Caminaron hacia el área central del complejo, y Jess notó que estaban acomodando el gran comedor para una ceremonia. Su recepción de boda había sido reservada para esa habitación. Las paredes estaban abiertas con vista al mar y la playa, y lucía mágica con miles de velas encendidas. —No les tomó mucho tiempo rentar la habitación —dijo ella, tratando de mantener su tono ligero. Su mamá asintió. —Un lugar como este siempre está muy solicitado. —Mamá, realmente tengo que hablar con Ryan. —Una corta caminata por la playa no te hará daño —dijo su madre, continuando con su tono mandón—. He estado sentada por dos días con esta lluvia. Necesito estirarme antes de que pueda manejar otra comida en este lugar. No quiero ir a casa gorda. —Nunca engordarás —dijo Jess. Su mamá sacudió un dedo hacia ella. —Solo porque trato de ejercitarme. Vamos. Veremos para qué son esas antorchas. —Si es una fiesta privada, no queremos entrometernos…

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—No lo haremos. Estaremos caminando por la playa con nuestros ojos abiertos. —Arlene le dio a Jess una rápida sonrisa, luego giró sus pasos en esa dirección. En cierto modo, Jess estaba agradecida de estarse alejando del restaurante y el bar, donde seguramente estaba la reportera. Pero, ¿dónde encontraría a Ryan? —Antorchas Tiki —dijo ella, incapaz de evitarlo. —Tal vez es un luau —sugirió Arlene. Fingió bailar un hula y Jess sonrió ante las payasadas de su madre—. ¿Crees que son cursis? —Sabes que lo son. —Jess no mencionó que había pretendido tener cirios en candelabros. Habrían brillado contra la playa, dando una cálida y romántica luz. Las altas antorchas encendidas con sus altas flamas definían una sección de la playa. Un número de personas estaban paradas dentro del espacio cuadrangular. La cancha de vóleibol en el pedazo contiguo de playa estaba desierto, contrario a todas las expectativas. Fue solo hasta que Arlene y Jess se acercaron que Jess se dio cuenta que la gente reunida estaba todos observándolas acercarse. Podría haberle sugerido a su madre que se dieran la vuelta y no interrumpieran el evento, pero una mujer en un vestido de playa blanco empezó a caminar hacia ellas. Era Christine. Estaba llevando un velo y Fiona la seguía, trayendo algo más. Jess sintió que su boca se abrió con sorpresa. No podía ser. El grupo se dividió, dejando un pasillo central y dos chicas empezaron a esparcir pétalos sobre él. Como en una boda. Jess jadeó. Un hombre se movió hacia delante para pararse en el otro extremo del pasillo. Se giró para mirarla, doblando sus manos delante de él y se quedó sin respiración cuando él le sonrió. Ryan. Estaba vestido casualmente, no en su esmoquin, probablemente porque estaba colgado en el armario en la cabaña. Ella se dio cuenta entonces que las dos chicas eran las hermanas menores de él: Aislinn y Moira. Jess evaluó al grupo y vio a Jake parado junto a Ryan, los padres de Ryan y sus hermanos, todos sus amigos. Lo había hecho.

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Para ella. Su corazón se apretó fuertemente, luego empezó a galopar. —Algo viejo —susurró su madre—. Como el prometido que trajiste a este complejo. —No es tan viejo —susurró Jess. —Bueno, tampoco es prestado o azul —bromeó su mamá—. Gracias a Dios. Jess sonrió y se sostuvo fuertemente a la mano de su madre. —Algo nuevo —dijo Christine cuando se detuvo frente a ellas. Levantó el velo para colocar los prendedores en el cabello de Jess. No era el velo que Jess había traído, pero era fino y bonito. Christine lo arregló sobre sus hombros y le sonrió—. Hermosa. —Algo azul —dijo Fiona, pasándole un pequeño ramo a Jess. Tres rosas blancas estaban atadas en un ramillete con un listón zafiro y rodeadas por anémonas azul oscuro—. Creo que estas son las únicas rosas en el lugar —confesó—. Pero al menos no son lirios. Ryan les dijo que tenían que encontrar rosas para ti. —¿Lo hizo? —Deberías contratarlo —dijo Christine—. En serio. Ese hombre es impresionante cuando está en una misión. —¿Qué misión exactamente? —susurró Jess. —Arreglar cada aspecto de tu lista —dijo Fiona. Lanzó una mirada hacia el cielo y sacudió su cabeza—. Incluso estoy impresionada que lograra que deje de llover. —Ese es el poder del amor —interrumpió Arlene. —¿Él hizo todo esto? —preguntó Jess, incrédula y encantada. —Dijo que eran un equipo —añadió Christine. Jess miró por el pasillo al hombre que amaba. —Dijo que habrían buenos y malos momentos, y que nos teníamos el uno al otro para cuidarnos las espaldas. Una pareja. Compañeros. —Tiene razón —dijo Arlene—. Los buenos matrimonios no ocurren de la nada, Jessica. —Él sabía que esta ceremonia era importante para ti —dijo Christine—. Estuvo tratando tan duro para hacer las cosas bien. Pero lo que realmente importaba era que Jess dejaría esta ceremonia casada con el hombre con el que quería pasar el resto de su vida.

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Otra mujer se acercó a ellas, su emoción evidente en sus ojos chispeantes. Era la hermana de Ryan, Sheila, que era solo uno o dos años más joven que Jess. —¿Estás lista? —preguntó ella, y entonces la preocupación iluminó sus ojos—. ¿O hay algún problema? —No hay problema —le aseguró Jess—. Solo estoy abrumada. Sheila sonrió. —Sí, mi hermano mayor puede tener ese efecto en las personas, sobre todo cuando se propone algo. —Pero ¿qué tenemos prestado? —preguntó Jess. Las mujeres intercambiaron una sonrisa secreta, luego Sheila se acercó más a susurrar. —Mis padres les están prestando sus anillos para la ceremonia. Jake los tiene. —Tienen casi cien años de experiencia bendiciendo unas bodas muy felices — dijo Christine. —Ryan pensó que sería el comienzo perfecto a la de ustedes. —Es perfecto —susurró Jess—. Desearía haber pensado en eso. —Es por eso que son un equipo —susurró Christine y Jess sonrió. Una vez más, Ryan se había asegurado que se sienta afortunada. De hecho, Jess se sentía la mujer más afortunada del mundo. Enlazó su brazo con el de su madre, y se encontró tan emocionada como siempre había soñado que estaría en el día de su boda. Sheila volvió al grupo y dio alguna señal. Un hombre con una voz profunda y hermosa se puso a cantar, varios hombres más levantaron sus voces a la melodía. Era un sonido rico y romántico, a pesar de que Jess no conocía la canción. Ni siquiera estaba segura de entender las palabras, pero era perfecto. Las hermanas menores de Ryan extendieron más pétalos liderando el camino hacia el altar improvisado. Fiona las siguió, avanzando hasta situarse en el lado izquierdo, frente a Ryan, Jake y Quinn. Christine siguió a Fiona, y luego se volvió en la parte delantera para ver Jess. La voz del hombre se alzó aún más, otra media docena de voces uniéndose, y Jess sintió que flotó por el pasillo junto a la sinfonía. Cuando llegó a la parte delantera, Ryan tomó su mano. Él besó sus dedos, y entonces puso su mano en el hueco de su codo, dándole una mirada de soslayo. Sus ojos brillaban y estaba casi sonriendo.

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—¿Está bien? Jess asintió. —Un hombre maravilloso acaba de recordarme que soy la mujer más afortunada del mundo. Ryan sonrió. —Entonces estamos en perfecta sincronía, ya que soy el hombre más afortunado del mundo. —Él inclinó la cabeza hacia el sacerdote esperando—. ¿Quieres hacer algo al respecto? —Por supuesto —dijo Jess con tal fuerza que todo el mundo se echó a reír.

Fue después de la cena cuando la música estaba sonando y los invitados estaban bailando que la periodista se deslizó en el asiento vacío al lado de Jessica. —En serio que te luciste —dijo ella, su sorpresa clara. Ryan volvió entonces con dos copas de champán, y se sentó junto a Jess. Él le dio una copa, que chocó brindando con la suya. —Eso se debe a que Jess es la mejor organizadora de boda en la ciudad. —Nunca he visto que una boda salga tan bien después de tantas cosas yendo mal —dijo la periodista con un movimiento de cabeza—. Felicitaciones. —Se puso de pie a medida que Jess le daba las gracias—. Sabes, esta es una historia memorable. Espero que estés lista para estar realmente ocupada cuando llegues a casa. Jess se quedó sin aliento. —¡Gracias! —Gracias a ti. —La periodista le sonrió a ambos—. Es alentador ver que el amor conquista todo, al menos de vez en cuando. Jess no podía creer su suerte. —¡Ryan, esto es maravilloso! Ryan volvió a chocar su copa con la de ella.

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—Por ti —murmuró en su oído—. Guarda un poco de tiempo para tu nuevo marido, o voy a tener que ir a la tienda y abrirme paso contigo. Jess le sonrió. —Qué cosa tan traviesa para decir a una novia en su boda. Será mejor que volvamos a la habitación y le demos un poco de uso a la paleta. —Soy todo tuyo. —Y yo soy tuya. —Jess sonrió mientras levantaban sus copas y bebían el champán al unísono, sus miradas completamente fijas. Sintió ese calor familiar aumentando entre ellos una vez más, una pasión que tenía sus raíces en el amor, y supo que nunca antes había estado tan feliz en toda su vida. —Así que, ¿cuánto tiempo es que realmente tenemos que estar en la recepción? —susurró Ryan y Jess rio. Ella se puso de pie y tomó su mano entre las suyas. —Irnos ahora suena bien para mí.

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Fin.

Ella Ardent es una escritora felizmente casada con una imaginación activa. Escribe historias vinculadas con personajes continuos, cada personaje teniendo su propio viaje. Si te gustan los programas de televisión con historias en curso, como Rome o Downton Abbey, sabrás exactamente lo que quiere decir. Se trata de piezas en conjunto y cada personaje típicamente hace al menos una aparición en cada episodio. Cada episodio se centra en uno o dos personajes que han alcanzado puntos decisivos en sus viajes. Pudiendo haber melodramas o preguntas sin respuesta hasta episodios posteriores. A Ella le gusta este tipo de historias, así que las escribe.

Trilogía The Wedding: 1. The Best Man. 2. Always a Bridesmaid. 3. Forever Bound.

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Moderadora. LizC

Traductoras. Âmenoire Cat J. B Gemma.Santolaria LizC Mariandrys Rojas SoleMary

Corrección, recopilación y revisión. LizC y Samylinda

Diseño. Cecilia.

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determinación de Ryan para casarse con la mujer que ama salvar el día? The Wedding #3. Page 3 of 104. Ella Ardent - The Wedding 03 - Forever Bound.pdf.

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